El culto

Para Jeanca, la primera mirada que me hizo sentir mamá; el primer abrazo que me convirtió en humana.

A la Amelíe del maestro Yann Tiersen, la Amelíe que todos llevamos dentro, que hemos amado, odiado y compadecido

A Ruedi Gerber, además y por ende

“Non Nobis, Domine, non Nobis, Sed Nomini tuo Da Gloriam” J. M.
No palpitó en mi piel, pero latirá en la fuerza de otro cuerpo y espiritu. E. Q.

I

No hablemos de lo que significó para el mundo su nacimiento o su corta vida porque los que nos ocupa en esta historia es precisamente, lo que muchos asumen como la contraposición de lo antes mencionado, la muerte.
Todo comenzó mucho antes de que Juana Osorio asumiera su condición de cadáver vivo, como casi siempre ocurre con todos los eventos que solemos asumir cómo causas o inicios y son más bien el desenlace o efecto de algo importante a lo que no le pusimos suficiente interés y atención.
El suceso decantó en su notoriedad una tarde en que Juana advirtiera, a los pocos habitantes del viejo castillo, qué aquel día moriría. Sentencia que manifestó, de sopetón y de pie, cobijada por la sombra de la puerta medio cerrada de la cocina donde sus dos criados y su madre la escucharon sin prestarle mucha atención porque ellos ya sabían que la hora había llegado, mucho antes que la misma Juana lo imaginara siquiera.
Por aquella época Juana no contaba con más de veinte años de edad y era la última descendiente de la casa de Sarracín, una de las escasas estirpes de la nobleza española que aún sobrevivía en los alrededores de la provincia de León, en la localidad de Vega de Valcarce cerca de Galicia en la comarca del Bierzo Alto. Desde muy niña Juana se supo marcada en su diferencia aunque no tenía patrón de comparación a su alrededor ya que no sólo era la última descendiente, de los escasos parientes que tenía, sino que además era la única hija y nieta y bisnieta de su familia. Por extraño que parezca, aunque sabemos que nada es casualidad, las mujeres de este clan tenían un margen de vida no más allá de los doce años de edad y sólo una por generación sobrevivía hasta más allá de los veinte. Y aunque Juana por toda su infancia temió estar marcada por el mismo destino de sus antecesoras, sus padres y cercanos se mantenían calmos porque sabían de antemano que ella había nacido marcada para un propósito que todas las fuerzas de la naturaleza y de lo antinatural se iban a encargar de preservar y defender.
La primera puntada del bordado en esta historia se daría, cientos de años antes que Juana naciera, por medio de la ilación que se inició con el rescate del cuerpo agonizante de una joven mujer a orillas del río Valcarce.
Corría octubre en las heladas aguas de un verde valle amurallado en sus cuatro límites por sendas montañas, cuyo panorama visualizado desde el cielo daba la impresión de recrear un espacio terrenal privado, cuando dos muchachos de la pequeña población descubrieron un cuerpo semidesnudo e inconsciente atrapado entre dos grandes rocas. La mitad de este cuerpo resplandecía en su pérlea piel aún a la distancia; fenómeno que permitió qué Joaquín, uno de los niños, pudiera visualizarlo desde uno de los aleros del castillo enraizado sobre una de las moles montañosas que acordonaban el río, donde su padre era uno de los criados. Joaquín y Rodolfo la habían determinado, mucho antes de encontrarla, desde la estratégica ubicación que mantuvieron aquella mañana en uno de sus juegos en la torre principal del castillo.
Inicialmente asumieron que se trataba del cuerpo náufrago de una sirena, de aquellas de las que tanto solía hablarles el padre de Rodolfo quien había surcado el Atlántico y el Mediterráneo al frente de una flota de barcos mercantes durante casi toda su juventud; pero la presunción tenía más fuerza porque de ella sólo se divisaba la mitad de su humanidad, porque sus cabellos negrísimos les resultaron demasiado largos para ser humanos, pero sobre todo porque una bandada de blanquísimas garzas ofrecían el maravilloso espectáculo de guardias reales alrededor de aquel joven y desnudo cuerpo.
Joaquín tendría por ese entonces, el año de 1.307 para ser exactos, no más allá de nueve años y paradójicamente fue concebido, por mandato de los señores del castillo, para que Rodolfo, el unigénito de aquella familia tuviera compañía; ya que difícilmente podría tener hermanos dado que su madre había muerto poco tiempo después de su nacimiento y porque su padre enterró su corazón en el mismo ataúd que el cadáver de su esposa, por lo que jamás volvióse a casar. Así, aunque Joaquín era tres años menor a Rodolfo era el líder y cabecilla en todas las aventuras y juegos que sorteaban diariamente y sin descanso. Y en esta ocasión, al igual que siempre, Rodolfo se plegó al deseo de Joaquín de no alertar a nadie sobre el hallazgo y a escondidas de todos se escabulleron por la tapia posterior de la torre hasta el río apenas se puso la noche.
Más sorprendente que el espectáculo que ofrecieron los niños, en la peripecia de descender por aquella empedrada y enhiedrada pared bañada sólo de luna, fue el suceso que se les presentó frente a sus aterrorizados ojos cuando corroboraron que el cuerpo náufrago no era el de una sirena y qué aún estaba vivo. El temor se les enraizó en la irresponsabilidad que tuvieron al no dar aviso del suceso, muchas horas antes, en el momento en que avistaron el cuerpo en la orilla. Rodolfo supo en ese instante que no había tiempo para arrepentimientos, que no había como perder un minuto más yendo hasta el castillo a avisar a los otros, y entre él y Joaquín pudieron mover una de las piedras que evitaba que tuvieran acceso al cuerpo para poder moverlo con mayor facilidad.
El cuerpo estaba casi desnudo. Apenas unos jirones de ropa masculina cubrían a la mujer. Tan escasa como la ropa era la vida que le palpitaba todavía. Pero pudo hablar. En un idioma desconocido para los niños se expresó en un agradecimiento que aunque no lo entendieron, en su dialecto, pudieron sentirlo a partir de la mirada y la sonrisa que ella les dedicó.
El padre de Rodolfo, de Joaquín y casi todos los hombres del castillo, exceptuando el anciano palafrenero, habían partido esa mañana hacia Galicia; a una convocatoria urgente que se les hiciera a todos los nobles y terratenientes de la región, por motivo de la masacre y requisamiento de bienes que se estaba dando en contra de los Caballeros Templarios y de sus coidearios, por orden directa del Papa Clemente V; por lo que advirtieron que pocos o nadie podrían ayudarlos en el afán de trasladar a la mujer hasta el castillo y atenderla. Aún se encontraban planificando la manera en cómo iban a desplazarla hasta la propiedad cuando ella, una vez que acusó recibo del dialecto que los chicos usaban, les dijo en un gallego mediocre que nadie debía saber de su existencia, que estaba huyendo, que la escondieran en secreto hasta qué juntos pudieran armar un mejor plan para que ella pudiera seguir su camino.
Cuando la sacaron por completo del agua notaron que ésta mantenía envuelto en sus caderas un fajín abultado que le proporcionaba cierta deformidad a la entidad estructural de aquel esbelto cuerpo; además, sobre todo, cayeron en cuenta que el ancla qué la mantenía en la orilla no eran las piedras, como asumieron al inicio, sino el peso de aquel envoltorio. Joaquín, el más avezado, se animó a quitárselo a riesgo de dejarla desnuda por completo; ya que exceptuando dicha faja, que la cubría hasta el nacimiento de las piernas, apenas unos trozos de tela tapaban escasas partes de los pechos de la mujer. Fue entonces cuando se les sumó una nueva sorpresa al percatarse que dicho ceñidor poseía, en su interior, una gran cantidad de monedas de oro, y varios tubos de caña que contenían en sus receptáculos títulos, mapas y papel moneda que Rodolfo reconoció inmediatamente como instrumentos fiduciarios de la corona francesa, dado que él ayudaba a su padre en las transacciones y negocios que éste mantenía con varios países de Europa.
Entre balbuceos dijo llamarse Camille a la vez que menos qué nada, por la escasa fuerza que tenía, ayudaba a sus jóvenes rescatistas a desatar la cinta que la rodeaba en varias vueltas hasta qué el ultimo giro de la seda oscura le dejó al descubierto el albor hacia una mata de pelo profusa y azabache en la que Rodolfo se descubrió en su hombría aunque aún no se había encontrado en su masculinidad a sus doce años. Entorpecidos por la turbación, del conjunto de eventos extraños que se les estaba suscitando, ambos trasladaron a Camille hasta el castillo envuelta en el chaquetón de uno de los niños. Joaquín la sujetaba por los brazos y Rodolfo por las piernas, en una abertura que le mostró el mismísimo camino al infierno. El origen a una maldición que tomaría como última víctima y victimaria a Juana Osorio varios siglos después.

II

Las casas suelen estar erigidas, como parte de los materiales de construcción, con sueños, anhelos y secretos que en su totalidad es lo qué constituye un hogar. A veces al objetivo inicial que tuvimos, cuando la observamos y contribuimos a que se levantara frente a nosotros, cambia y lo que conceptualizamos originalmente como un hogar suele tornarse en fortaleza, prisión o en el palacio donde ondeamos por bandera el honor y respeto que queremos darle a nuestra descendencia.
La casa de Sarracín fue reconstruida a mediados del siglo VIII, de entre las ruinas del arrase por parte de Muza en el año 714 de su edificación original, durante el reinado de Ordoño I por el Conde Gatón cuyo fundador bautizó al castillo con el nombre de su primogénito, Sarracino Gatónez; Gatón se casó con una hermana de Ordoño y al ser parte de la familia Real se encargó de regir y comandar varias campañas a favor de los mozárabes de Toledo y de la defensa del territorio Castellano Alavés, cuya incursión culminó en desastre y derrota en el desfiladero de Pancoro. Pese al fracaso sufrido, o tal vez por eso mismo, Gatón se propuso repoblar el Bierzo tarea que extendió en un dominio territorial hasta lo que ahora conocemos como la zona de Astorga. Pero, ya para finales del siglo, pese a la rebelión bélica que protagonizó el hijo del Conde, Sarracino Gatónez, en contra de Alfonso III, para independizarse y evitar que cercenaran o redujeran los bienes y beneficios que tuvieron los protegidos de Ordoño, la muerte del Conde de Castilla Diego Rodríguez permitió que Alfonso III dividiera los territorios del reino sólo entre sus hijos limitando con esto a Sarracino a conformarse con un territorio diezmado que comprendía apenas todo lo que es el Bierzo. A Sarracino le fue difícil asumir la derrota, pese a que seguía contando con poderío no sólo en la zona sino también en la propia corona. Por años se sumió en una profunda depresión que transmitiría, con su comportamiento y actitud, a parte de su descendencia, de manera especial a uno de sus hijos quien tomó el hábito de canalizar su frustración por medio de la caza.
Solía salir a caballo por los alrededores de la propiedad cuando el sol no terminaba de ponerse, de declararse en su plenitud luminaria; comenzó cazando pájaros, de toda especie y tamaño. Al inicio eran aves dormidas, aferradas con sus patas y alas a la profusidad natural que rodeaba la propiedad; después fueron aves en vuelo bajo, las que paneaban sobre sus nidos y sus amores; aves en alto vuelo, aves de rapiña, aves de música, y hasta aves que danzaban calmas sobre el agua del río de Valcarce. Poco a poco fue cambiando el sonido de la naturaleza en los alrededores del castillo de Sarracín. El paso de la brisa sin el sonido de los pájaros en las mañanas le otorgó al ambiente auditivo de la zona un sabor a misterio y oscuridad a toda hora del día. Cuando no hubo un solo pájaro con que calmar su apetito voraz por la caza, el joven Conde decidió empezar a lazar mamíferos pequeños; y a punta de escopeta y de trampas acabó con todas las formas de roedores existentes en la localidad.
Entonces los gatos se convirtieron en un problema, grave para los habitantes del castillo, ya que a falta de objetos de caza y alimentación se dedicaron a maullar y a robar cualquier alimento que estuviese desprotegido. Centenares de gatos rodearon la propiedad, centenares de maullidos se dirigían al unísono a los habitantes de la casa exigiendo y suplicando ser calmados en sus apetitos; hasta que una noche, desde la ventana de una de sus habitaciones, Sarracín fue eliminándolos uno a uno por medio de escopeta, flechas y hasta de piedras que lanzaba por una honda que él mismo se confeccionó para ese propósito. Cinco días con sus noches duró esta lapidación, al sexto día los maullidos se convirtieron en un hedor contaminante e insoportable que requirió de semanas de trabajo de los criados para desalojar los habituales vestigios que dejan la mortandad.
Los perros también fueron linchados, pero esta vez no fue por iniciativa propia y vaga de Sarracín; sino porque uno de aquellos gatos trajo consigo la peste de la rabia y en su afán de alimentarse mordió a uno de los perros favoritos del Conde contaminándolo y este al resto de los canes de la comarca. En esa oportunidad salieron, escopeta en mano y lágrimas en sus rostros, todos los habitantes de la zona a eliminar a sus respectivas mascotas.
La experiencia, de perder a uno de sus perros favoritos que también fue sacrificado, hizo reaccionar y enmendar eventualmente las acciones a Sarracín. Pero, al poco tiempo, la necesidad por cazar volvió a consumirlo y empezó a elucubrar sobre la manera de calmar este creciente apetito sin provocar una nueva hecatombe. Fantaseó con cazar tigres, leones, panteras, culebras, gusanos y hasta pulgas. Mas, siempre terminaba concluyendo que el uno era la continuidad del otro y qué habían nichos ecológicos imposibles de violar o de sustituir entre la especie animal. Fue entonces cuando creyó encontrar la fuente que le daría el bálsamo a esa inquietud y exigencia que lo corroía. Lo sintió como un chirlazo de gloria e iluminación en su mente, en su agudeza creativa, cuando creyó que nadie más habría pensado en eso; pero sobre todo se sintió estremecido por la seguridad de que esta vez la caza sería más interesante porque el objeto de cetrería podría luchar y defenderse con las mismas armas que él utilizaría en su depredación. Estuvo convencido de que la idea era genial, de que no había motivos para sentir temor en su ejecución, que el riesgo también lo involucraría a él y por consiguiente cada instante del proceso del acecho sería apasionante y embriagador. Lo supo y se convenció, como nunca antes de nada, y se acostó sonriente sabiendo que había encontrado el propósito de su vida…

Ladrón de orquídeas

Para Ruedi Gerber

No sentimos la piel hasta que el dolor de otros nos toca, hasta que nuestro anhelo se ve empequeñecido ante la necesidad vital del alma de los demás, de las personas a quienes amamos.
Juliana era apenas una niña cuando desde su barricada-fortaleza, debajo de la mesa del comedor de su abuela vio desfilar, por los dedos, por las páginas, por el pequeño marco de vida que le ofrecía su ubicación, el panorama en cómo allí no palpitaba algo parecido a lo que los libros le gritaban en sus deseos. Así también, fue desde esa ventana-escotilla-periscopio el sitio desde donde pudo visualizar, aunque aún no lo comprendía, lo que iba a ser su vida en el futuro; desde allí observó las primeras imágenes que le permitieron hilar su destino.
Para empezar es importante recalcar que la naturaleza obsequió a Juliana con dos prendas, dos características, absolutamente disímiles la una de la otra. Como si con una mano le hubieran dado una caricia y con la otra le hubiesen propinado una bofetada. Fue acreedora en la repartición de ojos de dos luces, cual faroles, con el degradé completo en los derivados del café, desde el amarillo gatuno hasta el cuasi negro, frío, mudo, cual pupilas de gallina. Hermosos e imponentes en su sola mirada. Capaces de atraer a la oscuridad completa y tornarla en ese tipo de luz que no se ve sino que se siente en la calidez de su esplendor. Pero, para compensar la genialidad con que la naturaleza diseñó esos ojos, esta misma maestra le esculpió, en el cuerpo y el auto estima una pierna, la derecha, tres centímetros más corta que la otra, torcida al final de la extremidad, con un pie que insistía permanentemente en caminar al contrario tratando de huir de antemano de la burla de quienes pudieran mirarla. Su pierna parecía un mal injerto, daba la impresión de que un gemelo oculto en las entrañas de su madre creció allí torciéndose de soledad en una cuna de pelos y resentimientos por el autor ido. Cuyo cuasi-ser fue más astuto que Juliana y quedóse adentro abrazado a la extremidad que le pertenecía a ella intercambiándosela, en el momento del nacimiento, con la suya para que jamás ésta pudiera olvidar que todos somos parte de otros. La maligna, como ella llamaba a su extremidad inferior derecha, nacía en una protuberancia que comenzaba en el abdomen, sobre el hígado, en un muslo flaco y débil incapaz de sostener a sus propias raíces varicosas. Ésta se extendía por una rodilla nudosa y peluda que era como el vértice y comienzo del resto de un ente con vida propia que terminaba con un pie de cabra de sólo dos dedos; cuya pierna si hubiese podido caminar le habría tocado avanzar hacia atrás por la forma en que estaba posicionada estructuralmente.
Cuando la infancia estaba por convertírsele en un recuerdo Juliana adoptó el hábito de comenzar sus días en las noches, cuando la oscuridad la solapaba en la costumbre de arrastrar a la maligna desde la mesa del comedor de su abuela hasta debajo de la cama de su madre; donde silenciosa y meticulosamente ella procedía a analizar milímetro a milímetro la extremidad que no terminaba de concebir como propia. Episodios en que, una y otra vez, tenía como principal propósito el de constatar que aquella pierna no era real, que no existía, que era sólo parte de un mal sueño. Así, ella solía ponerle marcas en sitios específicos. Claves que anotaba en su diario antes de dormirse esperando que cuando le llegaran las mañanas, pudiera cerciorarse felizmente que lo uno no coincidía con el otro. Que todo había sido sólo una pesadilla repetitiva en las latencias de sus sueños. Pero el primer destello de todas sus madrugadas con la impiedad de los ojos del sol iluminándola, cada día, le ofrecían la clave repetida y con ello la certeza de la realidad que maldecía.
La maligna, sus ojos y ella se agazaparon durante casi toda la infancia debajo de una mesa que, en su armazón inferior, tenía la suerte de refugio para ellos. El hábitat a Juliana le sabía a perfección y lo constituían dos columnas redondas de gran diámetro, en cada extremo del mueble, donde ella, sus ojos y la maligna, se recostaban durante las innumerables actividades que realizaban en aquel espacio. Estos soportes cilíndricos le sirvieron a Juliana de papel y lienzo en sus creaciones y partos de todo tipo donde talló, hasta con las uñas, poemas e imágenes de un mundo anhelado y diferente; estructuras tubulares en donde más de una ocasión, inclusive, pudo desahogar deseos intensos de sentir algo más allá de sí misma cuando, cual perra en celo, solía frotar su vagina contra los acanalados pilares que erigían el castillo a su desamparo. Su techo y cobijo, sostenido en los apoyos abarrocados, se lo proporcionaba dos placas de madera que se extendían en los días de fiesta y se recogían estremecidas en las mañanas de tristeza de su abuela, cuando ésta quemaba la piel amaderada de la espalda de la mesa con las decenas de cigarrillos, a medio fumar, que le restregaba sin piedad diariamente. Los pliegues inferiores de esa estructura ampollada, se convirtió en una alternativa de escondite perfecto para ocultar el botín de turno de Juliana. Desde las monedas que les robaba a sus tíos y abuelos, para comprar libros en el bazar de la esquina, hasta los centenares de cartas que le escribió a su padre exhortándolo a que resucite; a que volviera y le explicara porque se murió antes de que ella naciera, antes de que su madre entendiera que él seguía vivo en aquella pequeña pecosa y pelirroja tan parecida físicamente a él. Al son del viento y de las piernas de los comensales de turno, sobre ella, un mantel siempre blanco, hacía las veces de un cielo intenso y límpido sobre su soledad de hija única con restos de un hermano muerto en la parte inferior de su cuerpo. Fue allí, en aquel castillo de madera y lino, cuando era apenas una niña, que se le asentó el imperioso deseo de saber cómo y por qué las mujeres, de una u otra forma, aniquilaban a sus hijos, por acción u omisión. Quiso tratar de entender a su madre, en el infanticidio diario de su indiferencia, con cuya actitud quiso matarle con alevosía y ventaja un destino diferente al que ella misma protagonizaba en su trágico melodrama. Fue allí en que desde su fortaleza sin paredes, cuyo carapazón invisible la escudaría el resto de la vida, donde entronó por reina y señora de ese castillo a la poeta que se enamoraba de las rocas.
El primer amor, no correspondido, fue su madre. Lo supo cuando la determinó por primera vez en su complitud, a partir de su propia imperfección, mientras ella resplandecía en su perlada piel y solía acicalarse en la playa de sus desamores, cada tres golpes de ola, mientras los seducía en sus perfectas e inescrutables formas dejándose acariciar por el devaneo en la sangre y la piel, por la espuma del olvido, volviendo cada vez más etérea hasta a la memoria de su cuerpo. Por mucho tiempo, por un lapso que le improntó en la memoria siglos de ausencia en su infancia y pubertad, Juliana fue su trovador guardián. Le habló a sus oídos de piedra de las rosas marinas que en su cuerpo no florecían; de las sirenas de humo que la rodeaban camuflándola; de arco iris sin tesoros y de la olla de su corazón siempre vacía que la mantenía hambrienta permanentemente. Le confesó estremecida, también, de los alientos de su boca sin depositarios de besos. De las manos en llagas por tanta caricia no sentida. De la piel cuarteada y ampollada de la guarida, por todas las quemaduras y golpes de ausencia en su abuela y en ella. Del sol y la arena y la sal de las desidias, que a manera de migajas de pan caían de su boca rota por tantos gritos sin voz audible para los otros.
Por años permaneció fiel al sentimiento sin correspondencia. Por años intentó aferrarse al abrazo de la frialdad marmoleada de aquella piel materna que no quiso multiplicarse en hijos. Por años le escribió poemas entre los vértices de la mesa, entre las venas azulejas y palpitantes de la pierna buena y, punta de hojas de afeitar, hasta en el dorso de sus muñecas. Por años sus lágrimas hechas poemas, cual olas, trataron de humedecerla en el aliento de los besos que le negaba; hasta que un día, cuando a la par de sus senos sus raíces emergieron con el fruto de unas ganas intensas de sentir, sin abandonar la fortaleza, empezó a panear sobre realidades diferentes que la impulsaron a elevarse sobre la tierra, a imponer su paso cojeante entre nube y estrella observando en el reflejo de las otras vidas que la deformidad con que nació, y que estaba extendiéndose paulatinamente por el resto de su cuerpo, del alma y de la mente, podía verlas reflejadas en las extremidades del resto del foco de sus observaciones. Muchos arrastraban piernas igual de monstruosas que la suya, otros poseían malformaciones en sus brazos, algunos en sus rostros, pero en casi todos la verdadera deformidad aberrante les radicaba en el espiritu.
Fue en su cumpleaños número doce cuando regresando a su casa desde el colegio, bajo uno de los aguaceros más torrenciales que se dieran en esa estación, Juliana cayó en las profundidades de una de las alcantarillas abiertas de la zona; cuyo abismo solapado por la inundación de la lluvia la atraparon por completo hasta sumergir su pequeño cuerpo entre las aguas servidas. Juliana se asombró de la alienación con que se manifestó, en la tragedia, su instinto de supervivencia. Desvanecida dejó absorber, abrazar, anegar por dentro y por fuera aquel cuerpo que siempre se le antojó ajeno. Menguó a sus dos lunas en la resignación, lentamente, cobijando con sus parpados la imagen del recuerdo de uno de los pocos besos que su madre le diera, aquella mañana, por motivo de su cumpleaños. Fue cosa de segundos, apenas iniciada la experiencia, para que se supiera de pie y ante él. Esa fue la tarde en que conoció a Gaviota, cuando éste se rompió un ala por rescatarla de su inercia. Durante aquel lapso, inmedible en el destiempo, la sujetó con alas y pico impeliéndola hasta un horizonte de agua, sabores y olores que descubrió en las existencias de otros. Estando en la cúspide de la cima del goce, rodeada de todos los más maravillosos colores que jamás hubiese podido imaginar que iba a poder saborear con el paladar del alma, advirtió una mano envolviéndose con sus cabellos y extrayéndola del pozo que la ahogó en la esperanza. Con la misma rapidez y precisión necesaria con que llegó su salvador éste desapareció, lentamente del horizonte de Juliana arrastrando sus altas botas negras por entre las aguas inquietas y oscuras de la acera, llevándose tras de sí la mirada enrojecida y agradecida de la pequeña.
Con uno de sus pies descalzos Juliana retomó la ruta a su destino inicial. Pocos o nadie notaron su entrada a la casa; todos menos su abuela quien le gritó desde la cocina, aún sin verla, que se quitara la ropa mojada y que no le enlodara el piso. Ésta como autómata comenzó a desnudarse desde la entrada y a la orden de su abuela. Avanzó rumbo a su cuarto despojándose de su uniforme escolar y de la vergüenza de mostrarse desnuda por primera vez, en su deformidad, cuando se deslizó por sus piernas su calzoncito blanco manchado del anuncio de la feminidad.
Con el esbozo tímido, pero inminente, de la pubertad Juliana le dio cabida por completo en su existencia a Gaviota. El primer ser que se enamoró de ella perdidamente. Él llegó a refugiarse en su regazo salado y sin tiempo, entibiándoselo; abriendo su ala rota y sin fe sobre aquella faz que había permanecido hasta ese instante más desprotegida que él por la inclemencia del sol en su apatía. Le contó de historias de un mundo que afuera seguía girando, más allá de sus libros e imaginación y de su atrofiada brújula, más allá de la playa de las faldas frías de su madre y de la roca de aquel corazón sin arrullos.
Llegó a picotear en el alma enmudecida de Juliana hasta romperse el pico y casi la vida, demostrándole que por ella desafiaba hasta a la muerte y al dolor, todo a cambio de poder sentir la poesía de sus entrañas. Que por ello, aún agonizante, sería capaz de volver a volar sólo por el aliento de los versos en su esperanza.
A punta de poesía, historias y besos el ala de Gaviota y el corazón de Juliana se atrevieron a creer que sanarían; así fue como juntos, en raudo vuelo, se remontaron hasta donde la señal de un devenir titilaba en luces hasta ese momento negadas para sus ojos. La roca que ella dejó atrás ni se inmutó siquiera en su piel de piedra ante aquella partida que deseaba darle la oportunidad de un comienzo.
Gaviota, la maligna, sus ojos y ella emprendieron el vuelo detrás de cada vida que pudiera alimentarlos en la razón de una nueva existencia. Mientras, la minusvalía se acrecentaba y la atrofia de la pierna se extendía, sin prisa pero sin pausa, en su deformidad al resto del cuerpo de Juliana. No le quedaba mucho tiempo antes de la total conversión. Lo intuyo aterrada en la primera parada que divisaron, apenas a unos minutos del punto de partida, en una institución cercana a la casa de sus abuelos donde pudo verse en el espejo de una deformidad semejante de dolorosa e incomprensible que la suya.

Allí: Samanta
Durante el lapso de su existencia su madre arrastró en su vida cual pesada cadena, con eslabones de desilusión y culpabilidad, todo el trabajo que le significó atenderla a tiempo completo dada su incapacidad total. Samanta no hablaba y aparentemente no escuchaba. Los médicos la habían diagnosticado con ese tipo de retraso mental no clasificado porque no había forma de someterla a ninguna prueba de aptitud dada su condición semi-absoluta de vegetal de ojos abiertos.
Pero un día, Samanta se vio, tal y como era para los otros y se sintió invadida por el mismo sentimiento que experimentó cuando la llevaron a la playa por primera vez; donde por todo el tiempo, se dedicó a observar la forma cóncava en como aquel techo ardiente cubría el mar. Quiso tocar el cielo, sumergirse en el agua y avanzar hasta el sitio donde los dos se unían y anheló ser parte de ambos diluyéndose en aquel fantástico vértice. Pero aquel día también observó que nadie daba cuenta de su existencia, no más allá de la obligación que se tiene con ciertos seres vivos cubriéndole únicamente sus necesidades biológicas; por ese tiempo Samanta ya contaba con diecisiete de esas medidas de tiempo que nosotros llamamos años pero qué ella medía a partir de las tres experiencias importantes que recordaba con claridad pasmosa, como si todos aquellos eventos se le estuvieren suscitando en el instante en que los recordaba simultáneamente. Tres recuerdos en cuyos espacios extensos pudo imaginar, a cabalidad propia, a partir de todo lo que no la rodeaba; así, también, observar lo que los demás tenían a su alcance de vista pero que ninguno en realidad se daba la molestia de ver en su verdadero esplendor.
Fue un jueves y aquel día hubo mucho ruido desde que comenzó la mañana. Como casi nunca cuando la asearon en su despertar no la levantaron de la cama ni la ubicaron encima de sus raíces platinadas, su silla de ruedas, sino que la dejaron con el mismo pijama de la noche anterior y le encendieron la televisión en un canal de musicales ubicándola sobre, en el centro, una pila de almohadas frente a esta. Hábito vespertino implementado desde que el último médico al que la llevó su madre, hacia mucho tiempo ya cuando aún le palpitaba la esperanza en la utopía, le recomendó estimularla por medio de la música ó en todo caso, como dijo él, sino la ayudaba tampoco le haría daño el escucharla.
Ese día se rompieron más platos que de costumbre en la cocina; muchas risas y susurros sustituyeron los habituales sollozos. No supo porqué le provocó regocijo ese hecho ni porqué se sintió entristecida porque esa mañana no le sería posible intentar devolverles la sonrisa a los niños que, a la salida de la escuela, iban a mirarla por la ventana casi todos los días. Lo único que recuerda de esas tres experiencias que la cronologizaban como ser vivo, claramente, fue el instante en que él entró a su habitación, pieza que confundió con el baño, cuando le dirigió la palabra, visual y oralmente, en son de disculpa. Fue entonces cuando por primera vez pudo dar cuenta de todas y cada una de las extremidades atrofiadas de su cuerpo; cuyas entidades, en su vida propia, se estremecieron desde sus torcidos huesos hasta su dermis blandengue.
Al poco tiempo, sólo unos segundos después, su madre entró a la habitación se agarró del brazo de él mientras le susurraba que ella era “la niña enfermita” y que no entendía absolutamente nada de lo que le decían. Él la observó de la misma forma en que lo hacían casi todos los ojos que se posaban en Samanta; luego miró a su madre y se acercaron tanto, el uno al otro, que un sentimiento desconocido incitó a Samanta a gritar. Ese día fue la primera vez que se determinó, la primera de sus tres experiencias, la mañana en que se enamoró de él.
Su madre, con el pasar de los años, desde que ella era una niña, limitó la salita de estar a partir de la silla especial de Samanta, de punta a punta, con muchos muebles, plantas, cajas y olores que la hacían sentir a ésta, como en el carrusel, siempre mareada; sobre la silla, entre todo eso casi de manera permanente, todos solían ignorar a Samanta. Pero ella piensa, ella siente, sólo es diferente: “Yo tengo tres brazos, uno de ellos es verde, con espinas; mamá suele regarlo cada día y por eso es lo único que resalta en su verdor y frescura entre la totalidad de los cuerpos agónicos y polvosos que atiborran este espacio que me sabe a frío de vainilla.
Ellos, hasta esa tarde, siempre solían sentarme al lado de la ventana. Pero ese viernes, como en todas las escasas reuniones que se habían dado en esta casa, apenas podía divisar la ventana desde la esquina oscura donde me plantaron. Justo en el extremo donde termina la sala y comienza el largo y oscuro corredor que en cada uno de sus lados se presenta con dos latigazos de luz denotando puertas entreabiertas y al final del corredor, más alumbrado aún, está mi sitio favorito. Este lugar tiene muchos cuadritos coloridos y brillantes, hay un marcito que no me quema la lengua con su sal y que me permite apretarlo entre mis manos sin que se me escape con rapidez de entre los dedos. Mamá me sumerge en ese marcito, que unas veces es del color de sus ojos y otras del color de la boca del payaso que una vez vi en una fiesta, mientras me canta la misma canción de siempre. Algo de un tren que pita y pita y pita pero que nunca avanza. Lo mejor de todo es que nunca siento hambre porque puedo zambullirme, en ese mar grumoso y suavecito, pero también puedo comérmelo.
Mi silla tiene por patas raíces plateadas que nacen desde mis piernas, que vienen de mi mente y se extienden por la habitación completa; ellas salen por debajo de la puerta de calle descendiendo y trepando por aceras, avenidas y sueños hasta el cementerio que queda en la periferia de la ciudad. Hasta las entrañas cenicientas de mi hermano gemelo. Desde el sitio inmutable de mis ojos saltones puedo observar como me esquivan la mirada los otros, los que están dentro de esta casa y los escasos visitantes que a veces vienen y suelen tropezarse entre la multitud de objetos inútiles, derruidos, y con la silla de “la niña”, sobre, dentro de ella: yo.
Sin embargo, pese a lo pequeña de la única ventana que da a la calle, a la hora en que el olor a comida invade toda la pieza con un vaho que emerge desde el lugar donde se quiebran los platos y sollozos, a diario, decenas de ojos gritones suelen observarme morbosamente. A veces las bocas también me miran y con sus pupilas húmedas me desnudan con sus carcajadas burlonas. Yo intento siempre devolverles la sonrisa, pero aunque extiendo mis labios gruesos y babeantes sin esfuerzo alguno, ya que nací sonriendo, mis torcidos y amarillentos dientes son la verdadera estrella en el asunto este de lograr resultarles simpática; ya que noto como se desternillan de risa ante mi alegría de sentirme vista y visitada de lunes a viernes por ellos. De la ventana pende una cortina de tres piezas que originalmente fue del color de los ojos de mi madre, un color infinito parecido al mar en que me sumerjo en mis sueños.
Ese sitio húmedo y extenso me gusta mucho más que mi marcito, del color de los ojos de mamá y de la boca del payaso, porque allí sí pueden escucharme. Allí puedo hablar con sus habitantes, caminar sobre el agua, envolverme en las caricias de sus olas mientras beso la espuma de los ojos de un Dios de caracolas, piedra y fuego que me dice siempre que no es qué yo sea diferente a los demás, sino que los otros son distintos a mí, de un mundo inferior al que yo pertenezco. Cuando me revuelco entre ola y ola a los habitantes marinos se les sube la tonalidad de sus colores en sus cuerpos escamosos, por lo ameno de nuestras conversaciones, entonces estoy casi segura que aquellos momentos no son oníricos, que más bien el sueño llega cuando me ponen a dormir en esta silla donde exceptuando mis párpados, siempre en vigilia, no puedo mover ni un solo músculo más.
En las mañanas cuando el sol traspasa la ventana, las cortinas y hasta las paredes con su calor suelen estirar las raíces de mi silla hasta el intersticio exacto donde se forma un halo de luz ardiente. Allí descubren mis piernas por completo y dejan a la intemperie mi piel blanca y adiposa, cuasi inertes; estas extremidades que se niegan a moverse en las mañanas, pero que cuando me llevan cargada hasta mis sueños, mis piernas y brazos, me convierten en una de las más grandes atletas maratónicas del fondo de todos los mares.
Hoy no podré ver ni sonreírles a mis amigos de la ventana, cuando la casa huela a comida, pero no me importa porque él está sentado cerca a mí, porqué aunque no me mira sé que me observa con la misma agudeza solapada con que lo hacen mis amigos a la hora del olor del almuerzo. Todos hablan a mí alrededor, creen que no entiendo, asumen que no escucho que cuando mamá se case y nazca el bebé ya no habrá tiempo para mí. Que además será traumatizante para el niño crecer mirando a un ser extraño y parecido a un cactus como yo. Todos opinan, unos ríen, otros sólo arrugan la frente y chasquean las lenguas. Pero él, él está silencioso, estoy segura que está pensando en mí y por eso se resiste a mirarme para que los otros no lo descubran en sus sentimientos.
Ahora mamá sólo viene a besarme en las noches, hay otra persona sustituyéndola en mis cuidados, alguien con la piel parecida a la mía, pero más arrugada, atendiéndome en mis necesidades inexistentes. Mamá y él están sonando en la pared donde está mi cama. Los escucho reír, oigo sonidos extraños que suenan alegres pero que me duelen en la barriga, en la garganta y que me hace retorcer la parte baja de mi panza, me hace picar, sentir ganas de arrancarme esa parte de mi cuerpo con las uñas, de morderla con mi boca de dientes torcidos. Por eso siempre estoy humedecida y aunque hago ruidos parecidos al llanto para que me cambien la que tiene la piel como yo sólo sonríe y me deja con el mismo pañal. Ahora, no sé porqué me meten en el marcito varias veces al día; pero el mar ya no se parece a los ojos de mi madre o a la boca del payaso. Ahora es como si hubieran traído un pedazo del mar al que me llevaron hace poco, pero no trajeron un pedazo de cielo ni tampoco lo calentito del agua que me mojó los pies aquel día. El mar tiene sabor a frío de vainilla, pero es más frío y no sabe a vainilla sino a los besos nuevos de mamá.
El bebé llegó hoy a casa, llora mucho, tiene un lenguaje que los demás si entienden. No como yo, que me dan comida cuando sólo quiero un abrazo o que me llevan a la cama cuando sólo deseo que me enseñen a soñar. Nadie nota que ya puedo mover solita mi mano ni que puedo apretar la parte baja de mi panza cuando ellos se abrazan y empiezo a orinarme un poquito. Todos sólo miran al bebé que tiene los ojos como mi marcito, como era mi marcito; porque ahora nada más hay un pedazo de ese mar sin color y sin cielo que alguien se trajo de la playa. Ellos ríen y suspiran. Se besan y nuevamente grito pero nadie me escucha. Mamá le dice a él que en una semana más podrán empezar una vida perfecta, en su nueva casa, con el bebé y sin mí. Que ya no siente culpa ni dolor porque mi hermano se fue sin mí a las raíces de ese árbol de naranjas. Que por fin entiende, que yo no siento ni entiendo nada de nada, que soy como mi hermano gemelo aunque respiro. Que el día en qué mi papá y mi hermano murieron, cuando se le murió la mitad de la panza a mamá en aquel accidente de auto, también debí morir del todo yo. Hablan de un mañana en que iré a un sitio donde un árbol de naranja, como el que se alimenta de los huesos de mi hermano, estará afuera de mi ventana, donde habrá mucha gente parecida a mí que tampoco siente ni entiende nada.
Él no me mira pero sé que me observa, estoy segura que también le duele el bajo vientre cuando me ve. Le muestro mi mejor sonrisa, mis labios menos torcidos cubriendo mis amarillentos dientes. Mamá dejó al bebé cerca de mí, bajo el ojo de luz caliente que entra por mi ventana y que nos ilumina a los dos, él se acerca y lo besa en la punta de su nariz; mi bajo vientre me duele nuevamente. Quiero que él me bese a mí, en mi nariz, en mis labios chuecos, en mis mejillas frías de vainilla. Pero se va sin mirarme siquiera. Miro al bebé, veo en su nariz la humedad del beso de él clareándole el rostro y extiendo mi mano, esa que ya se mover, para tocar un poco de ese beso, para arrancárselo y ponérmelo en la boca. Aprieto su nariz para no dejar ni un solo pedazo de ese beso en él y poder poseerlo completo.
Mamá esta gritando y llorando. Mamá se acuesta a dormir en el piso de la sala. La mujer con la piel igual a la mía también llora y grita. Él, él, él, él finalmente me mira y aunque no grita también llora. Ahora estoy segura, si me mira con lágrimas en los ojos es porque también se ha enamorado de mí.”

Cristina


Elizabeth Quila

A mi hija Belén Cristina, en el anhelo de toda la felicidad y gloria que empecé a tejerle desde sus escarpines.

A manera de prólogo

El ser humano desarrolla diferentes capacidades de amar. Suele escuchársele a un viejo escritor ecuatoriano que “no existe el amor sino los amores”. Lo importante a tener en cuenta en el manuscrito que nos ocupa en estos tiempos, es que no se refiere a uno de esos amores golosos y oficiosos que tanto deleite ocasionan durante las horas ociosas de la tarde o en la excursión de fin de semana. Claro, hay un hombre que tiene qué ver con un par de enigmáticas e insondables mujeres, pero no es a eso a lo que se refieren estas breves páginas; insisto, con el afán de que esta imperiosidad de ánimo pueda desanimar a cualquiera, lo diligente de la escritura de Elizabeth, en el texto que nos ocupa, se encamina a plantearnos una seria reflexión sobre uno de aquellos roles para los que ciertamente no todos y todas estamos del todo aptos y que, no obstante cuando nos toca, nos esforzamos en cumplir; o bueno, al menos lo intentamos: el de ser padres y/o madres.

Menuda premisa la de la tremenda Quila. Nos lleva de la mano del dolor de una pérdida a darle la vuelta al mundo, a corear las eternas barras de aliento al equipo de nuestras preferencias, a revivir -para algunos será descubrir- una época marcada por una forma distinta de ser en sociedad y al mismo tiempo no deja que nos apartemos de la certeza del mundo iconoforme (respétese el neologismo) e individualista en el que nos desenvolvemos a diario. En un reconfortante ejercicio de concreción y economía expresivas -que por cierto no es parco ni lacónico- se atraviesan cuatro décadas perfectamente decantadas; acompasadas con el ritmo de un hombre que pierde lo único que le da sentido como tal, y que sin embargo encuentra en esa situación el asidero para Ser, redondeándose y haciendo crecer a los personajes a su alrededor; su historia es solitaria y múltiple, de él nada más y sin embargo tan plural.

Historia de mujeres fuertes movidas por distintas y tan demarcadas motivaciones; de hombres que cuestionan aquel machismo acendrado que sigue siendo un lastre cultural. Historia de fortalezas y debilidades, de derrotas y ganancias que se miden con balanzas distintivas, a contrapeso de cargas vitales en las que nos veremos reflejados y reflejadas. Dispénsenos querido lector, querida lectora que en este breve primer acercamiento a Cristina le planteemos esta cuestión: ¿somos tanta gente cómo los demás quieren vernos, o es que los demás nos ven cómo nosotros permitimos que nos vean?

No se inquiete. Mientras lo piensa dese el gusto de arrobarse un momento de su vida entre las tapas de este libro. Ciertamente, al pasar la última página, tendrá elementos para empezar a darle una respuesta a esa pregunta.

El editor

Uno

Tenía las piernas entumecidas por la posición inalterable, de horas, de días, en la que me mantuve desde que llegué a nuestra casa; desde que constaté en la ausencia de sus cosas y en la presencia de una carta, que se habían marchado. El cuerpo no me respondía, casi no podía sentirlo más allá de mis rodillas temblorosas y adoloridas. No supe en que momento dejé de tener control sobre mis esfínteres; ni cómo, sin el dolor estomacal previo al acto, como anuncio, me defequé en mis pantalones. Me cagué del miedo, literalmente hablando. A mí alrededor todo desapareció, aunque los objetos seguían en el mismo y ordenado lugar de siempre, lo único que permaneció visualmente a mi alcance fue su moisés color rosa, sobre el qué me mantuve aferrado como a una balsa en alta mar. Sin tierra a la vista.
Yo nací siendo huérfano de padre y madre, ambos se habían matado el uno al otro quizás antes de concebirme, por lo que me tocó vivir entre el mal olor de la indiferencia de la muerte los diez primeros años de mi vida; hasta que a mi padre, con su espiritu yerto a cuestas, le hicieron oficial su ausencia en nuestra casa. Mi madre, empero, siguió arrastrando su humanidad exánime en el resto de los eventos de mi existencia, hasta qué al cruzar la avenida, hasta la galería donde trabajaba, un auto a exceso de velocidad la embistió dejándola hasta sin lo único que aún la hacía parecer viva, estadísticamente, su nombre y apellido. Yo tenía quince años, mis abuelos me instaron a que pusiera una leyenda en su lápida; la única frase que se me ocurrió fue: “Tu amado hijo, quien promete aprender de tus errores”.
Un día después del sepelio de mi madre, mi padre resucitó. Fue a buscarme a la casa de mis abuelos y sin preguntar, ni responder nada, me llevó de vuelta a casa, al hogar que alguna vez fue de ambos.
No sé que es más fácil, o difícil, si tratar de describir el miedo o la soledad, ó el miedo a la soledad; sólo sé que lo que mayormente supera estos sentimientos lo es la incertidumbre. Rafaela y Cristina desaparecieron, sin dejar rastro alguno, de nuestra casa, de mi vida, y no fue hasta tres días después cuando asumí y me enfrenté al hecho de mi nueva orfandad. Entre habilitar mis extremidades, quitarme la ropa manchada de excremento, de saliva y de lágrimas, hurgar hasta el último resquicio de la casa en la búsqueda de alguna pista que me permitiera encontrarlas; y bañarme por horas, por siglos, sentado bajo el caer del agua de la ducha tratando de que mi cuerpo se disolviera y que mi memoria y cordura se escurrieran por el caño de la bañera hasta no saber más nada ni de mi mismo, pasó otro día antes que me dirigiera, a las autoridades respectivas, a denunciar sus desapariciones.
Embarcado, en mi carro, me observé a través del espejo retrovisor como si fuera otra persona la que conducía el auto. No me atreví a asumir que aquel rostro, con la apariencia de un náufrago, me pertenecía. Las calles son agostas, a duras penas puede avanzar el tránsito en dos carriles; y eso, tomando en cuenta que no hay espacio ni autorización para estacionarse en los bordes de las calzadas. Maldita topografía, volví a pensar en ello mecánicamente, que no hay para donde ampliar nada; y para más túneles tampoco hay espacio, creatividad, menos aún, gestión estatal o municipal. Pensé en mi vida, igual que mi Quito del alma, llena de protuberancias, en mí caso cual tumores purulentos, con calles degeneradas en la antigüedad de su tiempo. Son las nueve de la mañana de un lunes, me da la fecha, y hasta la certeza de que el mundo no se detuvo aquel viernes en que llegué a casa y no las encontré, un Comercio que mete con la fuerza de la lástima, un pequeño niño, por la ventana medio abierta de mi carro. Me insistió para que se lo compre, que es el último que le queda, que tiene hambre y frío. Junto con el diario me oferta mentas y desodorante de autos. Él sugiere que todo lo mío apesta. Yo sentía absolutamente lo mismo, pero no pensé en que el mal olor de la muerte de mi alma había comenzado a heder hasta para los otros. No pude pensar y manejar a la vez. Hubo momentos en que al detenerme a recrear cada una y todas las conversaciones, que Rafaela y yo sostuvimos, me freno en la avenida, me detengo en los recuerdos; los pitidos de los carros que vienen detrás de mí se esmeran en estremecer al mundo con sus estridencias.
Fue difícil, pero posible; giré a mi derecha y me orillé al pie de la vereda de una sala de velación, esquivando decenas de estudiantes universitarios, que con lástima me permiten el paso asumiendo, quizá, que soy un triste doliente del muerto de turno en El Girón. No sé donde queda la Corte, las comisarías, no sabía ni donde estaba yo mismo; así es qué determiné que la única opción sería tomar un taxi si quiero llegar ese día a mi destino. El acento argentinado me precede; tal vez, por ello el chofer del taxi presume que soy extranjero y turista, y me hace dar vueltas y vueltas en torno a un mismo sector. A mí, realmente no me importa su argucia, para que el taxímetro no dejé de marcarle a su favor; más bien agradezco su “viveza criolla” y al espantoso tráfico que nos obliga a avanzar, mejor dicho dar vueltas, a diez kilómetros por hora. Así tengo más tiempo para recordar alguna pista, perdida en mi memoria, respecto al paradero de ellas. Afuera la mañana se moja y tirita, la gente camina mirando el suelo, saltando charcos, abstraídos en los pozos y grietas de sus propios recuerdos. Nadie repara en mí. Yo apenas los determino. Cómo saber, los unos de los otros, de las tragedias o las comedias que nos mantienen zombiando por las calles valientes, éstas que sin empacho nos muestran sus lágrimas corriendo por los rostros, el pavimento, las paredes, por la mañana o en las noches, desnudas de poses y mentiras.
Finalmente, después de una hora de recorrido y 400 sucres por pagar, el taxi se estaciona frente al vetusto, aunque imponente, edificio de la Corte Suprema de Justicia. Me apeé con languidez, del automóvil; en mi avanzar estorbo, por mi excesiva lentitud, a los otros en sus respectivas y rápidas diligencias. Pienso, una y varias veces, sobre la forma en que deberé exponer mi demanda; capitulo, sobre todo, en cual será la dependencia que le corresponderá a mi caso específico. No tengo la más mínima idea de nada de esto, mi padre era abogado; pero murió hace muchos años ya. Yo soy chef y de eso sabía tanto como de física quántica. Me acerqué a un policía, que aparentaba estar tremendamente aburrido de no hacer más nada que observar qué está en un sitio donde es subutilizado, al lado de las fotocopiadoras, en su tedio se distrae tapando y destapando una fosforera de manera compulsiva, al son de las mordidas que le da a un palillo de dientes amarillo e hinchado por la humedad. A mi cuestionamiento me respondió, sonriendo e incrédulo; reacciona ante mi desamparo y angustia visibles con cierto dejo de pena y vergüenza. Con vergüenza ajena, quizá propia, me dice que soy el primer padre que conoce que quiera denunciar eso, claro, prosiguió, debía ser porque él apenas llevaba dos años de incorporarse a las fuerzas del orden. Y que allá en su tierra, continuó con la excusa que no me interesaba un comino, son los hombres los que desaparecen dejando los hijos, y a sus mujeres, atrás. Ah, pero que él jamás haría algo así. Por Diosito santo, que no. Me hizo sentar en el banquito de la mujer de las fotocopias, cuya mulata cuarterona estaba a varios metros de su negocio, quizá en uno más rentable, metiendo carpetas, a la par de sus grandes senos, por una ventanilla que parecía una boca golosa y hambrienta a punto de amamantar. Ella también hacía las veces de tramitadora cuando no fotocopiaba en blanco y negro las cédulas, papeletas de votación o folios enteros de los juicios.
El Cabo Mendoza, así se leía en la placa de su camisa, regresó sólo unos minutos después con la información. Me advirtió qué no le creería pero que el sitio al que tenía que ir era, nada más y nada menos, que la comisaría de la mujer. Que allí también se ventilaban los casos de hombres maltratados o abandonados.

La mirada ciega

Elizabeth_Quila0005

 elizabeth quila

elizabeth quila

Gotas de paz sobre la furia

elizabeth quila

elizabeth quila

A propósito de gotas de paz sobre la furia… de Elizabeth Quila

Son verdades humanas, las que la poeta nos entrega, imágenes nucleares, lenguaje en que las palabras deambulan azoradas, zaheridas, fustigadas por los desgarramientos interiores, invisibles, llenos de furia, pero siempre con esa suerte de conciencia subjetiva toman finalmente el rumbo del amor y el apego a la vida.

“convoco al odio
para que el amor se me estrelle entre los dientes
y me rompa el aliento”

Versos de profunda intensidad emocional, sensuales, con sutileza lírica, que se trocan en alarido, en queja, en reproche, en rabia. Lo simbólico como la palabra fundamentadota; lo que cobra sentido; un dualismo de presencia en la ausencia y de ausencia en la presencia. Palabra que se desliza en torno a la plasticidad de la función imaginaria y su metamorfosis con esa complicada red de significantes del inconciente humano y su repercusión en la creatividad.

“Creí que ella había muerto, aunque en las mañanas sus manos crispadas trenzaban mi pelo. Creí que ella había muerto porque en los silencios solo palpitaba mi grito, mientras mis membranas abrían camino al demonio mismo. Creí que ella había muerto, desee que ella hubiera muerto y con ella el origen que tornaron a mis huesos en hielo”

Son versos impredecibles, transfigurados en síntomas corpóreos, potentes, versos de inagotables sentencias, pero también de silencios, de pulsiones, sacrificios y renuncias, que afloran sin remilgos, sin tapujos, abriéndonos los secretos de ese mundo inconciente, laberinto topológico aprehendido en la palabra poética.

Piedad Romo-Leroux Girón, dic. de 2009
Psiquiatra, escritora y catedrática

A Vicente Andrés, mi alma gemela

1./Caía de tu boca la baba de la duda

fue entonces cuando supe

que debía darle a mis labios el poder,

el poder de estamparte  con un beso

la fuerza de esta certeza que me desborda

2./No me pidas que renuncie

a la ciudadanía de mi cuerpo,

porque no quiero ser una indocumentada

en la memoria de tu alma.

3./He mordido mis manos hasta dejarla en huesos

he desperdiciado la tinta de mis dedos

hasta que se quedaron sin letras.

Aún así,

mis palabras siguen mencionándote

hasta en el silencio de mis puntos

4./Dispárale a este ciervo que se quedó sin madre

cuando perdió el deseo de tu cuerpo.

5./Convoco al odio

para que el amor se me estrelle entre los dientes

y me rompa el aliento.

6./Siempre que me poseíste

desfalleció en tus brazos la perversión

tornándola  a besos en inocencia.

CONJUROS Y MALDICIONES

elizabeth quila

elizabeth quila

A MANERA DE PRÓLOGO

Un hombre y una mujer, Leonardo y Alejandra, se reencuentran en un momento crucial de sus vidas, cuando las pérdidas más significativas ya se han dado y una nueva pérdida desentraña significaciones trascendentales.
Alrededor de ellos se han cernido una serie de historias, de coincidencias que podríamos llamar cósmicas, que los han marcado y que han nutrido sus existencias sin saberlo; pero esto es una mera percepción a la que los lectores nos querremos ajustar, pues lo que hay detrás de estas coincidencias es una historia que los involucra más allá de sus propios pasados, de sus respectivos futuros y seguramente de sus muertes.

Un lugar de ausencias

Existen lugares que llegan a poblarse de historias y fantasmas. Las ciudades y las casas suelen ser algunos de esos lugares. Las casas por sí mismas no son el personaje que llegan a ser si no es por quienes las han habitado. A veces se necesita de una sola generación, a veces de varias; otras veces, de familias distintas que la habiten a lo largo de varios años y en variadas épocas.

En “Conjuros y Maldiciones” conoceremos seres a cuya existencia como tal, precede la existencia de unas vidas que no se concretaron; y también de existencias que se concretaron en el sufrimiento y en el anhelo de Ser.
El anhelo al que nos referimos se manifiesta en la desazón del arraigo a una tierra que apenas se conoce pero cuya heredad está presente, convocando el regreso, el ajuste de cuentas.
Esta desazón de la ausencia se manifiesta en los distintos personajes de los que se sirve la voz narrativa para contar y es un hilo palpable a través de estas páginas. La novela abre con esta invocación:

De la lechuza a la luna hay solo un suspiro, un gemido hecho miedo y la luz que se hace polvo: tu ausencia.

De todos los lugares de la casa que desentrañan una historia, la autora nos convoca a entrar en una pieza en especial, la de la “abeja reina”. Sitio en el que convergen distintos recuerdos y vivencias, y que será el punto de partida de un amor, que como los grandes amores, apenas se sospecha y que sin embargo ha existido más allá de los tiempos. En ellos se gesta y en ellos procura su simiente.

Un lugar de amores

¿En qué momento se produce el amor hacia el otro? De seguro nos aventuraremos a responder esta pregunta de varias maneras, y lo cierto es que cada una de esas respuestas tenga su colmada medida de verdad. Pero, todos y todas sabemos que al seguir creciendo y aprendiendo, las formas del amor también se vuelven variadas, disímiles, unas más parcas que otras, unas más grandilocuentes de otras.
Los seres desarraigados de estas páginas aman, se dejan amar; y también desaman con la misma fuerza. Son sorprendidos por el sentimiento y se entregan a él. Buscan escapar de él, también.

Los discurso que se desarrollan alrededor de este tema, son una interpelación a lo que podemos dejar de sentir y experimentar, en una premisa básica: el amor que podríamos catalogar de verdadero –y esto es arriesgar bastante– es el que se genera en nosotros mismos, cuando somos capaces de asumirnos en libertad y sin el egoísmo de poseer al otro. Al respecto, la voz narrativa suscribe varias fórmulas y ensaya un discurso valedero, digno de un análisis prolijo:

“Pueden ser dos o veinte años de convivencia, el tedio solo puede surgir si dos segundos de ese tiempo se deja de pensar en los deseos del otro sabiendo qué con la misma intensidad, que él, también se deben realizar los anhelos propios. Ama y juzga de la misma manera en que quieres ser amado y juzgado tú. Ni más ni menos.”

Las fisionomías de lo sexual, discurren por ende, las mismas significaciones:

“El buen sexo, el maravilloso sexo, el más delicioso sexo no llega de la mano de la pasión, y menos a partir de otro cuerpo, si no a pie con el amor, con el amor que empezó a sentir por sí misma al reconocerse y saberse un ser absoluta e inconmensurablemente valioso, la mujer más rica y deseable de este mundo.”

Un lugar de magia

El componente esencial de la novela que tenemos entre las manos es la magia, el poder que se transmite a través de las palabras y las distintas maneras de conjurarlas. La forma de manejar este aspecto dista mucho de las miradas tremendistas que puedan leerse en otros textos. Al igual que la ausencia, la magia transita estas páginas a través de los seres que las pueblan. Todos, en algún momento, han tenido un encuentro leve o muy cercano con ella. En ella creen. En ella disponen su porvenir.

A lo largo de los 17 registros que en cuenta regresiva disponen esta historia de historias, encontraremos recetas para conjuros y para la mesa. Esta es una manera de jugar con la tradición, pues debemos recordar que la cocina es una experimentación alquímica, que busca seducir los sentidos y proveerles de satisfacciones. Es al igual que con los conjuros, una manifestación de sabiduría y curiosidad. Por su parte, las recetas mágicas, los conjuros transcritos, son parte de una comunicación que se establece con el lector, en la búsqueda de una complicidad que vaya más allá de reconocerse en las historias que se hilvanan; en la certeza de una complicidad que convierte a este libro en un manual de posibilidades.

Un lugar de muerte

Muerte y amor, a veces el mismo aspecto de la vida con distintos nombres y distintas capacidades de vivirlo.

Habrá quien manifieste que la tragedia es un requisito sine qua non para contar ciertas historias. En este caso, aunque la importancia de la tragedia no está en entredicho, es más bien una excusa para ensayar un canto dedicado a la vida y la situación única que significa su ejercicio. Y la narradora se sirve de varias existencias para poner de manifiesto algo de lo que tiene que compartir al respecto.

Es por ello que “Conjuros y Maldiciones” es una historia de historias que semeja un ex voto, un libro de oraciones diarias. Personajes y situaciones se entrelazan, permitiéndonos dilucidar los linderos que recorre la voz narrativa con un ritmo sostenido y un fraseo discursivo cuasi confesional; cosa que se agradece ya que permite una lectura amena y sin distracciones.

Un lugar de mujeres

Alejandra, Marissa, Geraldine, Luciana, Alicia, Yolanda, Rosalía, Camila, etc. Son las mujeres quienes sostienen el peso de las historias que conforman este relato. Desde sus distintas facetas, cada una de ellas aporta con su especial manera de asumirse ante los demás en sus respectivos ejercicios vitales. Unas aman sin mayores convenciones, otras aguardan lo necesario para darse al amor. Algunas se niegan a sí mismas, otras no descansan hasta descubrirse. Unas engendran y paren, otras son madres. Son depositarias de grandes secretos y sabidurías. También buscan sentir, y sienten viviendo con intensidad:

“Me dijo que si sabía ser discreta me contaría de muchos secretos que solo existen en el mundo de las mujeres que me darían el poder absoluto sobre el mundo de los hombres.”

Un lugar de porvenires

“Conjuros y Maldiciones” se engarza como una piedra preciosa que ha sido cortada y pulida por el talento de su narradora, en la sortija de los sentidos del espectador-lector, espectadora-lectora.
Estamos ante una novela inquietante, con una temática cuyos linderos han sido poco explorados en la literatura local. La exposición de una historia familiar dispuesta en varios niveles: el esotérico, el psicológico, el policial inclusive y el testimonial.

El relato deja las puertas abiertas a historias que, como los lectores advertirán, de seguro serán tratadas de manera distintiva. Pero, contrario a lo que podría pensarse al poner esto de manifiesto, la novela no nos deja un sabor a cosas inconclusas. Despliega sus alas hacia el cielo de lo imaginario, emprendiendo un plan en el que la narradora hace un buen uso de sus instrumentos y de las horas de vuelo que su experiencia en las lides literarias le han provisto. Anticipa con maestría el desarrollo de futuros proyectos a la par que expone y cierra el ciclo de una familia y de sus historias transidas por el amor, la locura, la muerte y el deseo. Y sobre de todo de magia. De encantamientos.

César Eduardo Galarza
Poeta, Asesor cultural

CAPITULO I

De la lechuza a la luna hay solo un suspiro, un gemido hecho miedo y la luz que se hace polvo: tu ausencia.

AUSENCIA

1 taza de caldo de picudo
1 taza de caldo de camarones
1 taza de caldo de cangrejos
Crema de leche
Albahaca
2 granos de ajo
Longaniza de cerdo refrita en rebanadas
4 cucharadas de aceite de oliva
Ostras asadas para decorar
Sal, pimienta y ají-no-moto.

En una olla verter las tazas de caldo de picudo, camarones y cangrejos. Poner al fuego a calentar. Licuar las hierbas con el ajo y el aceite de oliva hasta obtener una mezcla pastosa. Verter esta mezcla al caldo a punto de ebullición y sumarle inmediatamente la crema de leche y las rebanadas de longaniza. Sazonar.  Dejar hervir solo por dos minutos, sacar del fuego y servir inmediatamente encimándole las ostras asadas y a éstas espolvorearlas con queso parmesano.

Dieciocho

El frío artificial del lugar, sumado a la impresión que le dio ver esos tres cuerpos cubiertos con  trapos viejos y logotipados, lo estremeció hasta el castañeo de los dientes. Debía reconocerlos, solo él, de entre tantos parientes, tenía la responsabilidad de enfrentarse ante esas caras casi olvidadas y confirmar a las autoridades un reconocimiento basado solo en los recuerdos, que tenía de ellos, de su niñez. Allí estaban, un rostro tras otro debajo de cada sábana encimando su memoria. Remitiéndose a las reuniones de la infancia, a las fotografías y hasta a los parecidos físicos, que tenían con su propia madre,  pudo identificarlos. No había duda, eran sus abuelos y su tío mayor: Rubén.

La noticia de la muerte de los abuelos y su tío fue una sorpresa muy grande para él, habían muerto juntos y no le dieron  muchos detalles por teléfono. La llamada la hizo una de sus primas, que la había recibido de otra y esta de otro. Todos se excusaban por sus actividades urgentes y perentorias.

Leonardo, era el último de la lista y el que siempre había sido el más flexible en horarios y desplazamientos. Aunque estaba al otro lado del mundo. Su  éxito económico y profesional, además de su independencia era, más que reconocido por algunos de ellos, en muchas ocasiones explotado y casi siempre, solían imponerle los trámites y patrocinios de todos los eventos familiares. Pero éste no era un simple evento.

Era un nuevo suceso sangriento que golpeaba la familia.  Detrás había una historia trágica, dado el silencio y discreción con que la envolvían. La tentación por descubrir el misterio, aunado al cariño que creía tenerles  a los abuelos, ya que del tío tenía pocos recuerdos, lo embarcó ansioso hasta la vieja casa de sus reuniones de la infancia.

Fueron treinta y siete horas de viaje, tres conexiones aéreas. Escasa ropa en su valija. Muchas elucubraciones. ¿Habrán sido asaltados? ¿Se quemó la casa por el vicio de la abuela, fumaba muchísimo, y se asfixiaron todos? Supuso de todo en esas largas horas hasta el encuentro de la verdad, pero jamás imaginó, ni cerca siquiera, lo que realmente había ocurrido.

Regresar a la casa de los abuelos, después de más de veinte años, solo para enterrarlos,  sumergió a Leonardo en toda una balumba de recuerdos. Maravillosos, por extraños, la mayoría. Tan lejanos. Como si los recuerdos le hubieran sido prestados.   La vieja casa se destacaba en la comarca precisamente por su antigüedad. Solían decir los lugareños que era la primera casa construida con todos los “hierros”. Sus tatarabuelos, los propietarios originales, mandaron traer los vitrales de los grandes ventanales y el mármol del piso desde la misma Italia. A costo y cuesta de muchos medios; el último, los lomos de los tatarabuelos de los que actualmente habitaban el lugar. Quienes a pesar del tiempo cronológico, generacional y  hasta clasista seguían saludándolos como si siguieran siendo los habitantes más importantes del pueblo.

Cada habitación de la casa tenía una historia, unas inventadas otras muy ciertas. Tantas veces contadas de manera intermitente que ya nadie sabía cual era verdadera y cual no. La propiedad la constituían  varios jardines, una alberca, una gran glorieta que al final, con la ida de todos los nietos, se convirtió en un taller alterno, al aire libre, de la abuela en sus faenas de artesana. La casa en sí, de ochocientos metros cuadrados de construcción, estaba distribuida en ocho dormitorios, dos comedores, tres salas bautizadas por los colores que primaban en ellas. Una cocina más grande que el más amplio de los dormitorios. Otro de los templos de Marissa, la abuela de Leonardo. Dos cuartos alternos a los mencionados que fungían como estudios o talleres de trabajo en sus diferentes épocas. La historia particular que siempre lo                                                                                   sobrecogió fue, sin duda, la de la pieza “abeja reina”. El sitio donde se cerraría el círculo de los secretos de esta familia en su desaparición inminente. Un cuarto que bautizaron así porque solía ser el sitio de congregación de todos los chicos de la casa en los días de reunión familiar.

La “abeja reina” estaba ubicada en el sótano, fungía de taller para la abuela en sus faenas de  artesanía. Por lo que permanecía llena de figuras de cerámica de todos los tamaños y formas. Unas ni siquiera imaginables para la más creativa de las mentes. Todas tenían un nombre y un significado para cada uno de ellos. Nunca el mismo. Como las imágenes que se  nos apetecen de las nubes.

Eran quince primos en total, muertos la mayoría,  seis varones y nueve mujeres. Leonardo el menor de todos, tenía por ese entonces unos cinco años. Cuando se reunían todos, la mayoría de estos se besuqueaban entre sí. Entrenando fraternalmente las bocas y alientos, algunas de las cuales serían  cómplices forzadas de un silencio que al final solo el grito de la negación pudo salvarlos.  Muchos de ellos hasta llegaron a palabrearse los cuerpos, otorgándoles la única forma de expresarse que se permitían, detrás de las esculturas o sobre ellas, proveyendo imágenes orgiásticas de cerámica, carne y jugos. De pie y solo con las ropas arremangadas. Siempre a prisa, entre largas risotadas, con orgasmos cortos.
La “abeja reina” era como un bunker para la mayoría de los primos, y allí se refugiaban o escondían de las palizas que sorteaban muy a menudo de parte de sus padres, sobre todo para los hijos de Alicia y el mismo Leonardo, quienes con sus respectivos padres habitaban de manera permanente la casa. Para los adultos también cumplía una función casi fundamental. Al abuelo le servía de santuario para sus ritos masónicos,  donde la única persona de la familia que lo acompañaba,  a pesar de su edad y género, era Alejandra, la nieta mayor. Desde su primer recuerdo Leonardo la vio entrar y salir, durante todo el tiempo que él vivió en esa casa, de esa habitación con la misma asiduidad con que entraban los de la Logia.

El abuelo la llamaba su pequeña iniciada, decía que ella acicateaba la luz de su lámpara cuando la luz de la verdad de esta languidecía, aclarándosela, a partir de su propia existencia. Todos los jóvenes y niños de la familia la respetaban, pero sobre todo le temían. Ella casi nunca fue participe de los juegos y jaranas, sin embargo, siempre era parte de cada abrazo, lágrima o mirada que los hacía sentir una parte importante de ella. La palabra de Alejandra, era eso, la palabra. La que a manera de susurro y con una fuerza descomunal en los ojos podía hacer que ellos obedecieran sin preguntar y hasta deseosos. Alejandra era comparada con las empanadas de viento y laurel que hacía su abuela, por lo etérea.

EMPANADAS DE NATA Y LAUREL

1 libra de harina
1 cucharadita de polvo de hornear
1/2 litro de nata
Cinco hojas de laurel machacadas
Agua fría
Queso mozarela  desmenuzado para rellenar
Azúcar.
Poner en un tazón la harina, polvo de hornear y nata. Mezclar bien hasta que se pierda la grasa y quede todo incorporado.
Agregar poco a poco agua fría hasta formar una masa suave. Poner esta masa sobre la mesa enharinada y amasar suavemente. Si está muy húmeda agregar más harina. Tapar con una servilleta y dejar reposar por diez minutos.

Luego extender finamente y cortar discos de 5 cm. de diámetro. El queso desmenuzado y el laurel machacado se usan para rellenar. Humedecer los bordes de los discos para que se peguen bien y con los dientes de un tenedor presione el borde para formar el orillo de las empanadas.
Freírlas en abundante aceite caliente. Cuando estén doradas escurrirlas, sacarlas y colocarlas sobre papel absorbente. Enseguida espolvorear con azúcar y servir muy calientes…

CAPITULO II

Alana. Escuchando la música de sus pasos


DIVAGACIONES POR ALANA
Elizabeth Quila, no si la escritora o la mujer en el viento del primer desencuentro se troza entre la cruz y el trinchar ese lado oscuro, donde las máscaras son reiteradas realidades más fuertes y permanentes que el ser desnudo que vive en nosotros. Gusano en el equinoccio, me pongo los zapatos para leer esta historia, nuestra historia, me duele un poco desatar la energía de los huesos entre los epígrafes que descubren mis ojos; abismos de coral en el licor de la piel.
Este no es un prólogo, es un canto desde el no yo, que ansia, busca y queda ciego al final del túnel. Exterminado en el caminar de Alana, bailo las músicas de sus pasos; su búsqueda desde el desbaratar la muerte, no la metafórica, sino la que nos asusta aunque no creamos en nada me enciende, como pólvora o vino en una noche de poemas sin destinatario.
Un pueblo para nosotros los putativos del mundo, desde una visión positivista hermosa, pero la felicidad no extingue la esencia creadora, con desenfreno me dejo llevar por cada una de las páginas. No quiero escribir de la novela ¡No! Más bien de las contradicciones que ha generado en mí, no creo que podría danzar por esos pasos, porque como todo ser libre me urgen cadenas para palpar mi libertad.
El opio de los genios, ese volver los pasos y sentir que no hemos llegado a ningún sitio solo vuela desde el éter en la palabra. Alana lo encuentra a nos sugiere dejando abierta la reja para que nos fuguemos a ese otro peregrinar por la luz.
Hedonismo, dudas, contradicciones y el repicar los poros en el espacio profano donde germina la santidad.
Ebrio dejo que todo me lleve a los pasos y no llego. ¡Carajo¡ ¿Cómo puede más el monitor donde me crucifica Alana, que esas búsquedas donde siempre todos y, sobre todo, todas van perdiendo con el equipaje aquella canción que nunca más preguntará por mí?

Gabriel Cisneros Abedrabbo

The moon and you appear to be
so near and yet so far from me
and here am I on a night in June
reaching for the moon and you.
I wonder if we’ll ever meet
my song of love is incomplete.
I’m just the words, looking for the tune reaching for the moon and you.
I’m just the words, looking for the tune reaching for the moon and you.

Reaching for the moon
Ella Fitzgerald

La palabra sin fe es letra sin sentido, y sin acción es una plegaria sin Dios
A Elizabeth jr, mi eterno bebé

Capitulo Uno
En mi desvelo habitual, en esta noche, he visto palpitar segundo a segundo, por horas, el reloj digital que está frente a mi cama; cuando, en el instante justo en que ya dejé de pensar en mi insomnio, cuando mis sentidos casi se han catatonizado, la imagen más terrorífica que yo hubiese, ni siquiera imaginado, se me presenta frente a frente, deslizándose, envuelta en una mancha azul que lentamente se engrandece hasta que anega la totalidad de la pared, desde el techo hasta mis pies: inundándome de certezas.
El diagnóstico me lo dieron ayer, ya ha pasado casi veinticuatro horas, pero, no es hasta este preciso instante en que caigo en cuenta de la magnificencia de la sentencia. Me quedan pocos meses de vida. Me asalta la necesidad imperiosa, a partir de la falta de imágenes de esa película famosa de la que tanto hablan y que dicen puedes ver cuando estás por morir, pero que en mi caso empezó a proyectárseme con todo lo que erróneamente viví. A esta nueva película me toca hacerle el libreto, dirigirla, y finalmente empezarla a actuar, recrearla, en un máximo de seis meses.
Soy escritora, nunca tuve otra obligación que mi propio arte; me negué, definitivamente, al matrimonio y los hijos en el instante en que decidí venir a vivir a este pueblo; cuando, hace aproximadamente veinte años, sentí, tuve la certeza de que este era el sitio al que pertenecía y que las cláusulas de convivencia, irrefutables e innegociables, para ser parte de la comunidad, más que un sacrificio siempre fue parte de mi proyección de existencia, desde que tengo memoria y derechos; empero, hasta ayer, pese al diagnóstico, no le había dado un significado real y determinante a mi vida hasta que esta mancha azul, que ahora me blanquea el horizonte en las ondulaciones de su crepitar sobre mis sombras me conmina al único acto, de constricción, que puede reivindicar mi alma, antes que la muerte, de la forma en que la mayoría conoce, alcance también a la parte física de mi entidad.
La mancha crece, ahora, además del color azul en su extensión, puedo percibir también su humedad. Sumergirme en ella. Me estremezco ante la posibilidad certera de que en algún momento ésta me cubrirá hasta hacer que yo desaparezca en esa fundición. Así, cuando la mancha empieza a tener vida propia, cuando su burbujear comienza a emitir sonidos, que mi memoria comienza a reconocer, me someto. Debo atender a su llamado. Me concentro en las ampollas palpitantes azuladas/negruzcas, una a una, y les otorgo el sentido por el que en este momento descubro, llegué aquí.
La primera vez que escuché hablar sobre el pueblo en que ahora vivo, yo tenía quince años, más o menos; era como un cuento fantástico que una de mis maestras de secundaria solía referir llena de emoción. La descripción era pobre y vaga, pero yo imaginé, supe, que si esa ciudad existía tenía que ser como yo suponía debían ser sus habitantes: extraña. Me inventé un pueblo con casas amplias y básicas, de madera, de concreto y algunas hasta de vidrio, todas con el denominador común en el tumbado, con cielo raso de papel a colores. Lo único que al final fue cierto, sorteando los relatos de mi maestra y mis elucubraciones, era el nombre del pueblo y la característica única y principal, imprescindible, para ser uno de sus habitantes: en “La música está en los pasos”, tenías que ser escritor para ser parte de la población.

Corría el jueves, de un noviembre, hace casi veintiún años, cuando recibí el telegrama, el primero que recibiera en toda mi vida, donde se me confirmaba la tan anhelada aceptación. Podía trasladarme hasta “La música está en los pasos” desde ese mismo día, a partir de la confirmación. Sin embargo, aunque cumplía con todo los requisitos, bastante exigentes por cierto, no podía cantar victoria hasta que cumpliera el último requerimiento, el que consistía en pasar la prueba, tanto para ellos como para mí, de convivir en la población por tres meses; noventa días que nos servirían, a ambas partes, para decidir si podía ser parte de la comunidad permanentemente.
Sin que me importase qué o cuales fuesen las costumbres, reglas o condiciones, empaqué absolutamente todo lo importante para mí: libros, túnicas, mis escritos y mi máquina de escribir, existencia completa que me cupo en tres maletas; canalicé todas mis cuentas y contactos a un apartado postal en Manaos, la ciudad cercana al pueblo de mi destino, me despedí de los que correspondía, con la certeza interna de que jamás iba a volver a verlos; y que fue lo único en lo que al final no me equivoqué, ya que desde el instante en que recibí el telegrama tuve la premonición de que ese sitio sería mi refugio y cárcava por el tiempo de vida que me restara. Ese jueves, yo cumplía veintiocho años, dos días antes había publicado mi primera novela exitosa: “Retazos de cuerpos”, y sólo hacía un año atrás, a la muerte de mi madre, recibiría la sexta parte de una pequeña herencia que contribuyó a que me embarcara en la aventura más grande que una vida pudiera existir. Así, con la suficiente edad que me permitía creer que poseía cierta madurez; con el buen deseo de mis cercanos, siempre muy lejanos realmente, con un pasaje de avión, solo de ida palpitando en mi mano izquierda, hirviendo de ansiedad, me trasladé hacía el lugar con el que había fantaseado por muchos años.
Dos aviones, una lancha y un caballo fueron necesarios para llegar hasta el pueblo. La arquitectura de sus casas, especialmente la del edificio “agubernamental” que estaba en la entrada, a la izquierda de la primera avenida, la única pavimentada, era diametralmente diferente a lo que yo había imaginado en todas las presunciones que tuve del lugar. La música está en los pasos la constituía, por ese entonces, ciento treinta y tres casas construidas sobre una topografía geográfica bastante sui géneris, compuesta por un río grande y oloroso, limitando el área social de la comunidad con un malecón construido con infinidad de materiales, desde conchas hasta madera, donde lo más notorio eran los innumerables murales sin imágenes, decorados con frases coloreadas; un brazo de mar, tiritando de frío y soledad que solo era observado por sus ocupantes cuando estos iban a enterrar los muertos, pero que mientras tanto servía para llevar, desde su mano de lechuguinos hasta su hombro de agua, en ires y venires, las palomas artesanales de papel y canela que una de sus habitantes fabricaba, a las que le introducía en las entrañas largas cartas para el amante olvidado; y como posta imponente, de barrera con la nada, dos pequeñas elevaciones montañosas, cuyos promontorios se erigían dándole asentamiento a la mayoría de las casas del pueblo.
El edificio agubernamental es de piedra maciza y ostenta el color original de las rocas, aunque una capa de barniz transparente las ha abrillantado artificialmente, otorgándole una textura acariciable a la mirada. La fachada es de veinte metros de ancho, pero de profundidad la construcción posee sesenta, lo que le otorga a su presentación exterior una aparente pequeñez, aunque internamente es amplia. No posee paredes divisorias, ni cubículos u oficinas, ni siquiera en el excusado, lo que proporciona, a primer bocado de vista, un área acogedoramente holgada aunque extraña. No tiene ventanas, y en el centro de la fachada una inmensa puerta de madera, de tres metros por dos en cada ala, custodiando la entrada, una puerta sin pestillos ni cerraduras siempre permanece entreabierta. En el telegrama recibido decía, puntualmente, que en el edificio de la Agobernación (en ese momento creí que había habido un error tipográfico) me serían entregadas las llaves de mi departamento en el edificio Visi-probal. Sin embargo, cuando llegué, el edificio estaba desierto, pese a que apenas eran las once de la mañana. Aproveché para hacer el recorrido en el lugar sabiéndome en soledad, desde que traspasé la entrada y que pude visualizar todo el interior, de los cuatro ambientes amoblados del sitio.
El primer ambiente lo estructuraba una combinación de muebles de cuero negro, tres para ser exacta, y una mesilla central de vidrio hasta en sus patas, sobre ésta, en el lado derecho, un juego de ajedrez de mármol, con una jugada ya empezada y a punto del jaque mate y en el izquierdo, de la misma mesa, se erigía imponente una gran pipa de cristal aún tibia y olorosa a opio. El segundo ambiente, absolutamente disímil y contrastante, a dos metros de distancia del primero, estaba conformado por un sofá y cuatro sillones Luís XV, custodiado en uno de sus lados por una estera roja, a manera de pared, y por el otro extremo un aparador lleno de pocillos, morteros, portarretratos, mini esculturas de cerámica, y de innumerables imágenes de santos y demonios, apilados en demasía, por toda la estantería de tres por tres metros, le daba al sitio una impresión ordenada aunque con mal gusto. La tercera área, en la que al final me quedé dormida, estaba compuesta por una alfombra inmensa, cual mancha de sangre sobre el piso, y sobre esta, en una de las esquinas, la izquierda que daba a la pared, fungiendo como división, se levantaba una mesa de madera alta atestada de libros, puchos y botellas vacías; las entrañas de la mesa me sirvió de cobijo y morada en el sueño atrasado que tenía por los dos días que había durado el viaje. Y sobre ésta, alumbrándola y otorgándole un halo circular conmigo dentro de él, pendía del techo la única luz encendida en todo el edificio, cuya tibieza amarillenta me calentó hasta sumirme en el más profundo sueño que me permitió visualizar, encantada pero sin fuerzas, hasta ese momento, el ambiente más fantástico y maravilloso que constituía la parte del fondo. La cuarta área, de donde surgía una especie de nube de humo blanco que parecía filtrarse desde las hendijas del tumbado de duelas para terminar desapareciendo desvanecida en el piso, encortinando las paredes y todo lo que constituía el ambiente del fondo.

Siempre que duermo, sueño. Mis sueños suelen darse por episodios que, en capítulos, continúan con la trama aunque me despierte, si es que vuelvo a dormirme inmediatamente. Así dormida, sobre la alfombra, debajo de la mesa como cuando era niña, la frase estampada en la entrada “Puedes amar, debes odiar, pero nunca te atrevas a juzgar” se armaba y desarmaba en mis sueños, en letras independientes, en vocales separadas de las consonantes, en palabras transgredidas de su sitio original. Ofreciéndole a toda la estructura semántica de la oración, de la sentencia, un nuevo sentido y realidad a esa nueva experiencia en mi vida, existencia que desde ese instante fluctuó entre lo onírico y la realidad. En esa ocasión, pese al sueño profundo, que hacía roncar hasta a la alfombra, pude sentirlo por primera vez, desde ese día cada noche, hasta la de ayer, empezó a introducírseme lentamente, aunque sin pausa, por mis fosas nasales. Como un genio devolviéndose a la botella me reptó, aquel gusano blanco y tibio, de humo, hasta la profundidad del alma, alienándomela. Mi mano izquierda se despertó, pero mi brazo lacio y perezoso no le dio oportunidad a mis dedos para que se interpusiera o luchara con el invasor desconocido. Por último, exhalé todo lo fuertemente que me lo permitió el pesado sueño y con voluntad absoluta me sumergí en el pozo sin fondo que significó todo lo que empecé a descubrir y que ni en mis periodos creativos más grandes imaginé pudiera existir. En este pozo onírico:

Mi asiento está ubicado detrás del conductor del autobús, del lado derecho, todos los pasajeros que han subido evitan sentarse a mi lado; llevo casi una hora de trayecto y sigue vacío el asiento de mi izquierda. Desde mi sitio puedo ver, en la ruta, pese a lo empañado de los vidrios, mujeres cargando a sus hijos, hijos con sus hermanos a sus espaldas, hombres arrastrando a las sombras de sus hijos y sus mujeres, por ambas veredas de un camino abovedado por frondosos, saludables e imponentes árboles que contrastan con la aparente debilidad de los pequeños seres que transitan bajo su indiferente cobijo. De pronto el autobús se detiene a raya, provocando el balanceo brusco de todos los pasajeros, exceptuándome. Él se sube, me mira resignado, aunque fija y firmemente, mientras yo le abro paso, ladeando mis piernas, al asiento vacío que está a mi lado; reservado para él desde siempre, desde el mismo día en que él nació. Sonrió casi todo el camino hasta su siguiente parada, que no era precisamente el destino que él había planeado. Suspiraba. A la tercera de sus sentidas exhalaciones, en uno de sus largos suspiros, recordé la primera vez, hace siglos, de la primera y última respiración de un pequeño ser naciendo y muriendo dentro de la más grande indiferencia en una inmensa casa de una comarca sudafricana. A través del contacto de su brazo con mi fisicidad, donde nunca me palpitó una piel, pude sentirlo, quise sentirlo; romper con las reglas que nunca cuestioné. Absorberlo antes de anularlo. Salí de mi disquisición en el instante preciso en que el autobús se estrelló contra un camión que se cambió de carril, el conductor se había quedado dormido, en el momento en que mi vecino de asiento salió volando hacía adelante y se partió la cabeza y la sonrisa, muriendo en el acto. Todos empezaron a gritar y correr, yo me levanté, lo levanté intacto y sin heridas, lo tomé de la mano y salimos de allí. Él había vuelto a sonreír. Yo me desperté llorando.

A mi lado estaban abrazados sobre la alfombra de la tercera sala, donde yo descansaba, dos hombres de mediana edad. Total y absolutamente abstraídos, de mi presencia, se recorrían el cuerpo por todas sus rutas. Me estremecí. Mi despertar fue total. El silencio se desbordó en el suspiro sonoro que emití y que sacó a la pareja de su abstracción. Empero, solo uno de ellos, mirándome sin determinarme, introdujo una mano en su bolsillo izquierdo, sacó un atado de llaves, me las extendió y volvió a ignorarme. El manojo poseía tres llaves: dos plateadas y una dorada y muy grande, esta última, semejante a una llave para abrir cofres antiguos. Ambos personajes en su posición horizontal, me dieron la espalda; así, aunque tenía el llavero en mis manos, como desconocía las puertas que podía abrir con ellas, me quedé allí, a la espera de la oportunidad de poder preguntar hacía donde debía dirigirme.
La espera no duró mucho, aunque no fue precisamente debido a ellos, ya que una mujer bastante joven, muy poco agraciada, entró al edificio y desde el dintel de la puerta pronunció mi nombre, instándome a que me acercara a ella. Luciana, así se llamaba, se convirtió en mi primera guía en ese laberinto en el que elegí vivir lo que me restara de existencia si de mí dependía. Luciana era ciega, y fue la primera persona que me enseñó a ver, lo que ni en mis más prendidas etapas creativas, pude antes elucubrar.