Ladrón de orquídeas
Para Ruedi Gerber
No sentimos la piel hasta que el dolor de otros nos toca, hasta que nuestro anhelo se ve empequeñecido ante la necesidad vital del alma de los demás, de las personas a quienes amamos.
Juliana era apenas una niña cuando desde su barricada-fortaleza, debajo de la mesa del comedor de su abuela vio desfilar, por los dedos, por las páginas, por el pequeño marco de vida que le ofrecía su ubicación, el panorama en cómo allí no palpitaba algo parecido a lo que los libros le gritaban en sus deseos. Así también, fue desde esa ventana-escotilla-periscopio el sitio desde donde pudo visualizar, aunque aún no lo comprendía, lo que iba a ser su vida en el futuro; desde allí observó las primeras imágenes que le permitieron hilar su destino.
Para empezar es importante recalcar que la naturaleza obsequió a Juliana con dos prendas, dos características, absolutamente disímiles la una de la otra. Como si con una mano le hubieran dado una caricia y con la otra le hubiesen propinado una bofetada. Fue acreedora en la repartición de ojos de dos luces, cual faroles, con el degradé completo en los derivados del café, desde el amarillo gatuno hasta el cuasi negro, frío, mudo, cual pupilas de gallina. Hermosos e imponentes en su sola mirada. Capaces de atraer a la oscuridad completa y tornarla en ese tipo de luz que no se ve sino que se siente en la calidez de su esplendor. Pero, para compensar la genialidad con que la naturaleza diseñó esos ojos, esta misma maestra le esculpió, en el cuerpo y el auto estima una pierna, la derecha, tres centímetros más corta que la otra, torcida al final de la extremidad, con un pie que insistía permanentemente en caminar al contrario tratando de huir de antemano de la burla de quienes pudieran mirarla. Su pierna parecía un mal injerto, daba la impresión de que un gemelo oculto en las entrañas de su madre creció allí torciéndose de soledad en una cuna de pelos y resentimientos por el autor ido. Cuyo cuasi-ser fue más astuto que Juliana y quedóse adentro abrazado a la extremidad que le pertenecía a ella intercambiándosela, en el momento del nacimiento, con la suya para que jamás ésta pudiera olvidar que todos somos parte de otros. La maligna, como ella llamaba a su extremidad inferior derecha, nacía en una protuberancia que comenzaba en el abdomen, sobre el hígado, en un muslo flaco y débil incapaz de sostener a sus propias raíces varicosas. Ésta se extendía por una rodilla nudosa y peluda que era como el vértice y comienzo del resto de un ente con vida propia que terminaba con un pie de cabra de sólo dos dedos; cuya pierna si hubiese podido caminar le habría tocado avanzar hacia atrás por la forma en que estaba posicionada estructuralmente.
Cuando la infancia estaba por convertírsele en un recuerdo Juliana adoptó el hábito de comenzar sus días en las noches, cuando la oscuridad la solapaba en la costumbre de arrastrar a la maligna desde la mesa del comedor de su abuela hasta debajo de la cama de su madre; donde silenciosa y meticulosamente ella procedía a analizar milímetro a milímetro la extremidad que no terminaba de concebir como propia. Episodios en que, una y otra vez, tenía como principal propósito el de constatar que aquella pierna no era real, que no existía, que era sólo parte de un mal sueño. Así, ella solía ponerle marcas en sitios específicos. Claves que anotaba en su diario antes de dormirse esperando que cuando le llegaran las mañanas, pudiera cerciorarse felizmente que lo uno no coincidía con el otro. Que todo había sido sólo una pesadilla repetitiva en las latencias de sus sueños. Pero el primer destello de todas sus madrugadas con la impiedad de los ojos del sol iluminándola, cada día, le ofrecían la clave repetida y con ello la certeza de la realidad que maldecía.
La maligna, sus ojos y ella se agazaparon durante casi toda la infancia debajo de una mesa que, en su armazón inferior, tenía la suerte de refugio para ellos. El hábitat a Juliana le sabía a perfección y lo constituían dos columnas redondas de gran diámetro, en cada extremo del mueble, donde ella, sus ojos y la maligna, se recostaban durante las innumerables actividades que realizaban en aquel espacio. Estos soportes cilíndricos le sirvieron a Juliana de papel y lienzo en sus creaciones y partos de todo tipo donde talló, hasta con las uñas, poemas e imágenes de un mundo anhelado y diferente; estructuras tubulares en donde más de una ocasión, inclusive, pudo desahogar deseos intensos de sentir algo más allá de sí misma cuando, cual perra en celo, solía frotar su vagina contra los acanalados pilares que erigían el castillo a su desamparo. Su techo y cobijo, sostenido en los apoyos abarrocados, se lo proporcionaba dos placas de madera que se extendían en los días de fiesta y se recogían estremecidas en las mañanas de tristeza de su abuela, cuando ésta quemaba la piel amaderada de la espalda de la mesa con las decenas de cigarrillos, a medio fumar, que le restregaba sin piedad diariamente. Los pliegues inferiores de esa estructura ampollada, se convirtió en una alternativa de escondite perfecto para ocultar el botín de turno de Juliana. Desde las monedas que les robaba a sus tíos y abuelos, para comprar libros en el bazar de la esquina, hasta los centenares de cartas que le escribió a su padre exhortándolo a que resucite; a que volviera y le explicara porque se murió antes de que ella naciera, antes de que su madre entendiera que él seguía vivo en aquella pequeña pecosa y pelirroja tan parecida físicamente a él. Al son del viento y de las piernas de los comensales de turno, sobre ella, un mantel siempre blanco, hacía las veces de un cielo intenso y límpido sobre su soledad de hija única con restos de un hermano muerto en la parte inferior de su cuerpo. Fue allí, en aquel castillo de madera y lino, cuando era apenas una niña, que se le asentó el imperioso deseo de saber cómo y por qué las mujeres, de una u otra forma, aniquilaban a sus hijos, por acción u omisión. Quiso tratar de entender a su madre, en el infanticidio diario de su indiferencia, con cuya actitud quiso matarle con alevosía y ventaja un destino diferente al que ella misma protagonizaba en su trágico melodrama. Fue allí en que desde su fortaleza sin paredes, cuyo carapazón invisible la escudaría el resto de la vida, donde entronó por reina y señora de ese castillo a la poeta que se enamoraba de las rocas.
El primer amor, no correspondido, fue su madre. Lo supo cuando la determinó por primera vez en su complitud, a partir de su propia imperfección, mientras ella resplandecía en su perlada piel y solía acicalarse en la playa de sus desamores, cada tres golpes de ola, mientras los seducía en sus perfectas e inescrutables formas dejándose acariciar por el devaneo en la sangre y la piel, por la espuma del olvido, volviendo cada vez más etérea hasta a la memoria de su cuerpo. Por mucho tiempo, por un lapso que le improntó en la memoria siglos de ausencia en su infancia y pubertad, Juliana fue su trovador guardián. Le habló a sus oídos de piedra de las rosas marinas que en su cuerpo no florecían; de las sirenas de humo que la rodeaban camuflándola; de arco iris sin tesoros y de la olla de su corazón siempre vacía que la mantenía hambrienta permanentemente. Le confesó estremecida, también, de los alientos de su boca sin depositarios de besos. De las manos en llagas por tanta caricia no sentida. De la piel cuarteada y ampollada de la guarida, por todas las quemaduras y golpes de ausencia en su abuela y en ella. Del sol y la arena y la sal de las desidias, que a manera de migajas de pan caían de su boca rota por tantos gritos sin voz audible para los otros.
Por años permaneció fiel al sentimiento sin correspondencia. Por años intentó aferrarse al abrazo de la frialdad marmoleada de aquella piel materna que no quiso multiplicarse en hijos. Por años le escribió poemas entre los vértices de la mesa, entre las venas azulejas y palpitantes de la pierna buena y, punta de hojas de afeitar, hasta en el dorso de sus muñecas. Por años sus lágrimas hechas poemas, cual olas, trataron de humedecerla en el aliento de los besos que le negaba; hasta que un día, cuando a la par de sus senos sus raíces emergieron con el fruto de unas ganas intensas de sentir, sin abandonar la fortaleza, empezó a panear sobre realidades diferentes que la impulsaron a elevarse sobre la tierra, a imponer su paso cojeante entre nube y estrella observando en el reflejo de las otras vidas que la deformidad con que nació, y que estaba extendiéndose paulatinamente por el resto de su cuerpo, del alma y de la mente, podía verlas reflejadas en las extremidades del resto del foco de sus observaciones. Muchos arrastraban piernas igual de monstruosas que la suya, otros poseían malformaciones en sus brazos, algunos en sus rostros, pero en casi todos la verdadera deformidad aberrante les radicaba en el espiritu.
Fue en su cumpleaños número doce cuando regresando a su casa desde el colegio, bajo uno de los aguaceros más torrenciales que se dieran en esa estación, Juliana cayó en las profundidades de una de las alcantarillas abiertas de la zona; cuyo abismo solapado por la inundación de la lluvia la atraparon por completo hasta sumergir su pequeño cuerpo entre las aguas servidas. Juliana se asombró de la alienación con que se manifestó, en la tragedia, su instinto de supervivencia. Desvanecida dejó absorber, abrazar, anegar por dentro y por fuera aquel cuerpo que siempre se le antojó ajeno. Menguó a sus dos lunas en la resignación, lentamente, cobijando con sus parpados la imagen del recuerdo de uno de los pocos besos que su madre le diera, aquella mañana, por motivo de su cumpleaños. Fue cosa de segundos, apenas iniciada la experiencia, para que se supiera de pie y ante él. Esa fue la tarde en que conoció a Gaviota, cuando éste se rompió un ala por rescatarla de su inercia. Durante aquel lapso, inmedible en el destiempo, la sujetó con alas y pico impeliéndola hasta un horizonte de agua, sabores y olores que descubrió en las existencias de otros. Estando en la cúspide de la cima del goce, rodeada de todos los más maravillosos colores que jamás hubiese podido imaginar que iba a poder saborear con el paladar del alma, advirtió una mano envolviéndose con sus cabellos y extrayéndola del pozo que la ahogó en la esperanza. Con la misma rapidez y precisión necesaria con que llegó su salvador éste desapareció, lentamente del horizonte de Juliana arrastrando sus altas botas negras por entre las aguas inquietas y oscuras de la acera, llevándose tras de sí la mirada enrojecida y agradecida de la pequeña.
Con uno de sus pies descalzos Juliana retomó la ruta a su destino inicial. Pocos o nadie notaron su entrada a la casa; todos menos su abuela quien le gritó desde la cocina, aún sin verla, que se quitara la ropa mojada y que no le enlodara el piso. Ésta como autómata comenzó a desnudarse desde la entrada y a la orden de su abuela. Avanzó rumbo a su cuarto despojándose de su uniforme escolar y de la vergüenza de mostrarse desnuda por primera vez, en su deformidad, cuando se deslizó por sus piernas su calzoncito blanco manchado del anuncio de la feminidad.
Con el esbozo tímido, pero inminente, de la pubertad Juliana le dio cabida por completo en su existencia a Gaviota. El primer ser que se enamoró de ella perdidamente. Él llegó a refugiarse en su regazo salado y sin tiempo, entibiándoselo; abriendo su ala rota y sin fe sobre aquella faz que había permanecido hasta ese instante más desprotegida que él por la inclemencia del sol en su apatía. Le contó de historias de un mundo que afuera seguía girando, más allá de sus libros e imaginación y de su atrofiada brújula, más allá de la playa de las faldas frías de su madre y de la roca de aquel corazón sin arrullos.
Llegó a picotear en el alma enmudecida de Juliana hasta romperse el pico y casi la vida, demostrándole que por ella desafiaba hasta a la muerte y al dolor, todo a cambio de poder sentir la poesía de sus entrañas. Que por ello, aún agonizante, sería capaz de volver a volar sólo por el aliento de los versos en su esperanza.
A punta de poesía, historias y besos el ala de Gaviota y el corazón de Juliana se atrevieron a creer que sanarían; así fue como juntos, en raudo vuelo, se remontaron hasta donde la señal de un devenir titilaba en luces hasta ese momento negadas para sus ojos. La roca que ella dejó atrás ni se inmutó siquiera en su piel de piedra ante aquella partida que deseaba darle la oportunidad de un comienzo.
Gaviota, la maligna, sus ojos y ella emprendieron el vuelo detrás de cada vida que pudiera alimentarlos en la razón de una nueva existencia. Mientras, la minusvalía se acrecentaba y la atrofia de la pierna se extendía, sin prisa pero sin pausa, en su deformidad al resto del cuerpo de Juliana. No le quedaba mucho tiempo antes de la total conversión. Lo intuyo aterrada en la primera parada que divisaron, apenas a unos minutos del punto de partida, en una institución cercana a la casa de sus abuelos donde pudo verse en el espejo de una deformidad semejante de dolorosa e incomprensible que la suya.
Allí: Samanta
Durante el lapso de su existencia su madre arrastró en su vida cual pesada cadena, con eslabones de desilusión y culpabilidad, todo el trabajo que le significó atenderla a tiempo completo dada su incapacidad total. Samanta no hablaba y aparentemente no escuchaba. Los médicos la habían diagnosticado con ese tipo de retraso mental no clasificado porque no había forma de someterla a ninguna prueba de aptitud dada su condición semi-absoluta de vegetal de ojos abiertos.
Pero un día, Samanta se vio, tal y como era para los otros y se sintió invadida por el mismo sentimiento que experimentó cuando la llevaron a la playa por primera vez; donde por todo el tiempo, se dedicó a observar la forma cóncava en como aquel techo ardiente cubría el mar. Quiso tocar el cielo, sumergirse en el agua y avanzar hasta el sitio donde los dos se unían y anheló ser parte de ambos diluyéndose en aquel fantástico vértice. Pero aquel día también observó que nadie daba cuenta de su existencia, no más allá de la obligación que se tiene con ciertos seres vivos cubriéndole únicamente sus necesidades biológicas; por ese tiempo Samanta ya contaba con diecisiete de esas medidas de tiempo que nosotros llamamos años pero qué ella medía a partir de las tres experiencias importantes que recordaba con claridad pasmosa, como si todos aquellos eventos se le estuvieren suscitando en el instante en que los recordaba simultáneamente. Tres recuerdos en cuyos espacios extensos pudo imaginar, a cabalidad propia, a partir de todo lo que no la rodeaba; así, también, observar lo que los demás tenían a su alcance de vista pero que ninguno en realidad se daba la molestia de ver en su verdadero esplendor.
Fue un jueves y aquel día hubo mucho ruido desde que comenzó la mañana. Como casi nunca cuando la asearon en su despertar no la levantaron de la cama ni la ubicaron encima de sus raíces platinadas, su silla de ruedas, sino que la dejaron con el mismo pijama de la noche anterior y le encendieron la televisión en un canal de musicales ubicándola sobre, en el centro, una pila de almohadas frente a esta. Hábito vespertino implementado desde que el último médico al que la llevó su madre, hacia mucho tiempo ya cuando aún le palpitaba la esperanza en la utopía, le recomendó estimularla por medio de la música ó en todo caso, como dijo él, sino la ayudaba tampoco le haría daño el escucharla.
Ese día se rompieron más platos que de costumbre en la cocina; muchas risas y susurros sustituyeron los habituales sollozos. No supo porqué le provocó regocijo ese hecho ni porqué se sintió entristecida porque esa mañana no le sería posible intentar devolverles la sonrisa a los niños que, a la salida de la escuela, iban a mirarla por la ventana casi todos los días. Lo único que recuerda de esas tres experiencias que la cronologizaban como ser vivo, claramente, fue el instante en que él entró a su habitación, pieza que confundió con el baño, cuando le dirigió la palabra, visual y oralmente, en son de disculpa. Fue entonces cuando por primera vez pudo dar cuenta de todas y cada una de las extremidades atrofiadas de su cuerpo; cuyas entidades, en su vida propia, se estremecieron desde sus torcidos huesos hasta su dermis blandengue.
Al poco tiempo, sólo unos segundos después, su madre entró a la habitación se agarró del brazo de él mientras le susurraba que ella era “la niña enfermita” y que no entendía absolutamente nada de lo que le decían. Él la observó de la misma forma en que lo hacían casi todos los ojos que se posaban en Samanta; luego miró a su madre y se acercaron tanto, el uno al otro, que un sentimiento desconocido incitó a Samanta a gritar. Ese día fue la primera vez que se determinó, la primera de sus tres experiencias, la mañana en que se enamoró de él.
Su madre, con el pasar de los años, desde que ella era una niña, limitó la salita de estar a partir de la silla especial de Samanta, de punta a punta, con muchos muebles, plantas, cajas y olores que la hacían sentir a ésta, como en el carrusel, siempre mareada; sobre la silla, entre todo eso casi de manera permanente, todos solían ignorar a Samanta. Pero ella piensa, ella siente, sólo es diferente: “Yo tengo tres brazos, uno de ellos es verde, con espinas; mamá suele regarlo cada día y por eso es lo único que resalta en su verdor y frescura entre la totalidad de los cuerpos agónicos y polvosos que atiborran este espacio que me sabe a frío de vainilla.
Ellos, hasta esa tarde, siempre solían sentarme al lado de la ventana. Pero ese viernes, como en todas las escasas reuniones que se habían dado en esta casa, apenas podía divisar la ventana desde la esquina oscura donde me plantaron. Justo en el extremo donde termina la sala y comienza el largo y oscuro corredor que en cada uno de sus lados se presenta con dos latigazos de luz denotando puertas entreabiertas y al final del corredor, más alumbrado aún, está mi sitio favorito. Este lugar tiene muchos cuadritos coloridos y brillantes, hay un marcito que no me quema la lengua con su sal y que me permite apretarlo entre mis manos sin que se me escape con rapidez de entre los dedos. Mamá me sumerge en ese marcito, que unas veces es del color de sus ojos y otras del color de la boca del payaso que una vez vi en una fiesta, mientras me canta la misma canción de siempre. Algo de un tren que pita y pita y pita pero que nunca avanza. Lo mejor de todo es que nunca siento hambre porque puedo zambullirme, en ese mar grumoso y suavecito, pero también puedo comérmelo.
Mi silla tiene por patas raíces plateadas que nacen desde mis piernas, que vienen de mi mente y se extienden por la habitación completa; ellas salen por debajo de la puerta de calle descendiendo y trepando por aceras, avenidas y sueños hasta el cementerio que queda en la periferia de la ciudad. Hasta las entrañas cenicientas de mi hermano gemelo. Desde el sitio inmutable de mis ojos saltones puedo observar como me esquivan la mirada los otros, los que están dentro de esta casa y los escasos visitantes que a veces vienen y suelen tropezarse entre la multitud de objetos inútiles, derruidos, y con la silla de “la niña”, sobre, dentro de ella: yo.
Sin embargo, pese a lo pequeña de la única ventana que da a la calle, a la hora en que el olor a comida invade toda la pieza con un vaho que emerge desde el lugar donde se quiebran los platos y sollozos, a diario, decenas de ojos gritones suelen observarme morbosamente. A veces las bocas también me miran y con sus pupilas húmedas me desnudan con sus carcajadas burlonas. Yo intento siempre devolverles la sonrisa, pero aunque extiendo mis labios gruesos y babeantes sin esfuerzo alguno, ya que nací sonriendo, mis torcidos y amarillentos dientes son la verdadera estrella en el asunto este de lograr resultarles simpática; ya que noto como se desternillan de risa ante mi alegría de sentirme vista y visitada de lunes a viernes por ellos. De la ventana pende una cortina de tres piezas que originalmente fue del color de los ojos de mi madre, un color infinito parecido al mar en que me sumerjo en mis sueños.
Ese sitio húmedo y extenso me gusta mucho más que mi marcito, del color de los ojos de mamá y de la boca del payaso, porque allí sí pueden escucharme. Allí puedo hablar con sus habitantes, caminar sobre el agua, envolverme en las caricias de sus olas mientras beso la espuma de los ojos de un Dios de caracolas, piedra y fuego que me dice siempre que no es qué yo sea diferente a los demás, sino que los otros son distintos a mí, de un mundo inferior al que yo pertenezco. Cuando me revuelco entre ola y ola a los habitantes marinos se les sube la tonalidad de sus colores en sus cuerpos escamosos, por lo ameno de nuestras conversaciones, entonces estoy casi segura que aquellos momentos no son oníricos, que más bien el sueño llega cuando me ponen a dormir en esta silla donde exceptuando mis párpados, siempre en vigilia, no puedo mover ni un solo músculo más.
En las mañanas cuando el sol traspasa la ventana, las cortinas y hasta las paredes con su calor suelen estirar las raíces de mi silla hasta el intersticio exacto donde se forma un halo de luz ardiente. Allí descubren mis piernas por completo y dejan a la intemperie mi piel blanca y adiposa, cuasi inertes; estas extremidades que se niegan a moverse en las mañanas, pero que cuando me llevan cargada hasta mis sueños, mis piernas y brazos, me convierten en una de las más grandes atletas maratónicas del fondo de todos los mares.
Hoy no podré ver ni sonreírles a mis amigos de la ventana, cuando la casa huela a comida, pero no me importa porque él está sentado cerca a mí, porqué aunque no me mira sé que me observa con la misma agudeza solapada con que lo hacen mis amigos a la hora del olor del almuerzo. Todos hablan a mí alrededor, creen que no entiendo, asumen que no escucho que cuando mamá se case y nazca el bebé ya no habrá tiempo para mí. Que además será traumatizante para el niño crecer mirando a un ser extraño y parecido a un cactus como yo. Todos opinan, unos ríen, otros sólo arrugan la frente y chasquean las lenguas. Pero él, él está silencioso, estoy segura que está pensando en mí y por eso se resiste a mirarme para que los otros no lo descubran en sus sentimientos.
Ahora mamá sólo viene a besarme en las noches, hay otra persona sustituyéndola en mis cuidados, alguien con la piel parecida a la mía, pero más arrugada, atendiéndome en mis necesidades inexistentes. Mamá y él están sonando en la pared donde está mi cama. Los escucho reír, oigo sonidos extraños que suenan alegres pero que me duelen en la barriga, en la garganta y que me hace retorcer la parte baja de mi panza, me hace picar, sentir ganas de arrancarme esa parte de mi cuerpo con las uñas, de morderla con mi boca de dientes torcidos. Por eso siempre estoy humedecida y aunque hago ruidos parecidos al llanto para que me cambien la que tiene la piel como yo sólo sonríe y me deja con el mismo pañal. Ahora, no sé porqué me meten en el marcito varias veces al día; pero el mar ya no se parece a los ojos de mi madre o a la boca del payaso. Ahora es como si hubieran traído un pedazo del mar al que me llevaron hace poco, pero no trajeron un pedazo de cielo ni tampoco lo calentito del agua que me mojó los pies aquel día. El mar tiene sabor a frío de vainilla, pero es más frío y no sabe a vainilla sino a los besos nuevos de mamá.
El bebé llegó hoy a casa, llora mucho, tiene un lenguaje que los demás si entienden. No como yo, que me dan comida cuando sólo quiero un abrazo o que me llevan a la cama cuando sólo deseo que me enseñen a soñar. Nadie nota que ya puedo mover solita mi mano ni que puedo apretar la parte baja de mi panza cuando ellos se abrazan y empiezo a orinarme un poquito. Todos sólo miran al bebé que tiene los ojos como mi marcito, como era mi marcito; porque ahora nada más hay un pedazo de ese mar sin color y sin cielo que alguien se trajo de la playa. Ellos ríen y suspiran. Se besan y nuevamente grito pero nadie me escucha. Mamá le dice a él que en una semana más podrán empezar una vida perfecta, en su nueva casa, con el bebé y sin mí. Que ya no siente culpa ni dolor porque mi hermano se fue sin mí a las raíces de ese árbol de naranjas. Que por fin entiende, que yo no siento ni entiendo nada de nada, que soy como mi hermano gemelo aunque respiro. Que el día en qué mi papá y mi hermano murieron, cuando se le murió la mitad de la panza a mamá en aquel accidente de auto, también debí morir del todo yo. Hablan de un mañana en que iré a un sitio donde un árbol de naranja, como el que se alimenta de los huesos de mi hermano, estará afuera de mi ventana, donde habrá mucha gente parecida a mí que tampoco siente ni entiende nada.
Él no me mira pero sé que me observa, estoy segura que también le duele el bajo vientre cuando me ve. Le muestro mi mejor sonrisa, mis labios menos torcidos cubriendo mis amarillentos dientes. Mamá dejó al bebé cerca de mí, bajo el ojo de luz caliente que entra por mi ventana y que nos ilumina a los dos, él se acerca y lo besa en la punta de su nariz; mi bajo vientre me duele nuevamente. Quiero que él me bese a mí, en mi nariz, en mis labios chuecos, en mis mejillas frías de vainilla. Pero se va sin mirarme siquiera. Miro al bebé, veo en su nariz la humedad del beso de él clareándole el rostro y extiendo mi mano, esa que ya se mover, para tocar un poco de ese beso, para arrancárselo y ponérmelo en la boca. Aprieto su nariz para no dejar ni un solo pedazo de ese beso en él y poder poseerlo completo.
Mamá esta gritando y llorando. Mamá se acuesta a dormir en el piso de la sala. La mujer con la piel igual a la mía también llora y grita. Él, él, él, él finalmente me mira y aunque no grita también llora. Ahora estoy segura, si me mira con lágrimas en los ojos es porque también se ha enamorado de mí.”


