Cristina
A mi hija Belén Cristina, en el anhelo de toda la felicidad y gloria que empecé a tejerle desde sus escarpines.
A manera de prólogo
El ser humano desarrolla diferentes capacidades de amar. Suele escuchársele a un viejo escritor ecuatoriano que “no existe el amor sino los amores”. Lo importante a tener en cuenta en el manuscrito que nos ocupa en estos tiempos, es que no se refiere a uno de esos amores golosos y oficiosos que tanto deleite ocasionan durante las horas ociosas de la tarde o en la excursión de fin de semana. Claro, hay un hombre que tiene qué ver con un par de enigmáticas e insondables mujeres, pero no es a eso a lo que se refieren estas breves páginas; insisto, con el afán de que esta imperiosidad de ánimo pueda desanimar a cualquiera, lo diligente de la escritura de Elizabeth, en el texto que nos ocupa, se encamina a plantearnos una seria reflexión sobre uno de aquellos roles para los que ciertamente no todos y todas estamos del todo aptos y que, no obstante cuando nos toca, nos esforzamos en cumplir; o bueno, al menos lo intentamos: el de ser padres y/o madres.
Menuda premisa la de la tremenda Quila. Nos lleva de la mano del dolor de una pérdida a darle la vuelta al mundo, a corear las eternas barras de aliento al equipo de nuestras preferencias, a revivir -para algunos será descubrir- una época marcada por una forma distinta de ser en sociedad y al mismo tiempo no deja que nos apartemos de la certeza del mundo iconoforme (respétese el neologismo) e individualista en el que nos desenvolvemos a diario. En un reconfortante ejercicio de concreción y economía expresivas -que por cierto no es parco ni lacónico- se atraviesan cuatro décadas perfectamente decantadas; acompasadas con el ritmo de un hombre que pierde lo único que le da sentido como tal, y que sin embargo encuentra en esa situación el asidero para Ser, redondeándose y haciendo crecer a los personajes a su alrededor; su historia es solitaria y múltiple, de él nada más y sin embargo tan plural.
Historia de mujeres fuertes movidas por distintas y tan demarcadas motivaciones; de hombres que cuestionan aquel machismo acendrado que sigue siendo un lastre cultural. Historia de fortalezas y debilidades, de derrotas y ganancias que se miden con balanzas distintivas, a contrapeso de cargas vitales en las que nos veremos reflejados y reflejadas. Dispénsenos querido lector, querida lectora que en este breve primer acercamiento a Cristina le planteemos esta cuestión: ¿somos tanta gente cómo los demás quieren vernos, o es que los demás nos ven cómo nosotros permitimos que nos vean?
No se inquiete. Mientras lo piensa dese el gusto de arrobarse un momento de su vida entre las tapas de este libro. Ciertamente, al pasar la última página, tendrá elementos para empezar a darle una respuesta a esa pregunta.
El editor
Uno
Tenía las piernas entumecidas por la posición inalterable, de horas, de días, en la que me mantuve desde que llegué a nuestra casa; desde que constaté en la ausencia de sus cosas y en la presencia de una carta, que se habían marchado. El cuerpo no me respondía, casi no podía sentirlo más allá de mis rodillas temblorosas y adoloridas. No supe en que momento dejé de tener control sobre mis esfínteres; ni cómo, sin el dolor estomacal previo al acto, como anuncio, me defequé en mis pantalones. Me cagué del miedo, literalmente hablando. A mí alrededor todo desapareció, aunque los objetos seguían en el mismo y ordenado lugar de siempre, lo único que permaneció visualmente a mi alcance fue su moisés color rosa, sobre el qué me mantuve aferrado como a una balsa en alta mar. Sin tierra a la vista.
Yo nací siendo huérfano de padre y madre, ambos se habían matado el uno al otro quizás antes de concebirme, por lo que me tocó vivir entre el mal olor de la indiferencia de la muerte los diez primeros años de mi vida; hasta que a mi padre, con su espiritu yerto a cuestas, le hicieron oficial su ausencia en nuestra casa. Mi madre, empero, siguió arrastrando su humanidad exánime en el resto de los eventos de mi existencia, hasta qué al cruzar la avenida, hasta la galería donde trabajaba, un auto a exceso de velocidad la embistió dejándola hasta sin lo único que aún la hacía parecer viva, estadísticamente, su nombre y apellido. Yo tenía quince años, mis abuelos me instaron a que pusiera una leyenda en su lápida; la única frase que se me ocurrió fue: “Tu amado hijo, quien promete aprender de tus errores”.
Un día después del sepelio de mi madre, mi padre resucitó. Fue a buscarme a la casa de mis abuelos y sin preguntar, ni responder nada, me llevó de vuelta a casa, al hogar que alguna vez fue de ambos.
No sé que es más fácil, o difícil, si tratar de describir el miedo o la soledad, ó el miedo a la soledad; sólo sé que lo que mayormente supera estos sentimientos lo es la incertidumbre. Rafaela y Cristina desaparecieron, sin dejar rastro alguno, de nuestra casa, de mi vida, y no fue hasta tres días después cuando asumí y me enfrenté al hecho de mi nueva orfandad. Entre habilitar mis extremidades, quitarme la ropa manchada de excremento, de saliva y de lágrimas, hurgar hasta el último resquicio de la casa en la búsqueda de alguna pista que me permitiera encontrarlas; y bañarme por horas, por siglos, sentado bajo el caer del agua de la ducha tratando de que mi cuerpo se disolviera y que mi memoria y cordura se escurrieran por el caño de la bañera hasta no saber más nada ni de mi mismo, pasó otro día antes que me dirigiera, a las autoridades respectivas, a denunciar sus desapariciones.
Embarcado, en mi carro, me observé a través del espejo retrovisor como si fuera otra persona la que conducía el auto. No me atreví a asumir que aquel rostro, con la apariencia de un náufrago, me pertenecía. Las calles son agostas, a duras penas puede avanzar el tránsito en dos carriles; y eso, tomando en cuenta que no hay espacio ni autorización para estacionarse en los bordes de las calzadas. Maldita topografía, volví a pensar en ello mecánicamente, que no hay para donde ampliar nada; y para más túneles tampoco hay espacio, creatividad, menos aún, gestión estatal o municipal. Pensé en mi vida, igual que mi Quito del alma, llena de protuberancias, en mí caso cual tumores purulentos, con calles degeneradas en la antigüedad de su tiempo. Son las nueve de la mañana de un lunes, me da la fecha, y hasta la certeza de que el mundo no se detuvo aquel viernes en que llegué a casa y no las encontré, un Comercio que mete con la fuerza de la lástima, un pequeño niño, por la ventana medio abierta de mi carro. Me insistió para que se lo compre, que es el último que le queda, que tiene hambre y frío. Junto con el diario me oferta mentas y desodorante de autos. Él sugiere que todo lo mío apesta. Yo sentía absolutamente lo mismo, pero no pensé en que el mal olor de la muerte de mi alma había comenzado a heder hasta para los otros. No pude pensar y manejar a la vez. Hubo momentos en que al detenerme a recrear cada una y todas las conversaciones, que Rafaela y yo sostuvimos, me freno en la avenida, me detengo en los recuerdos; los pitidos de los carros que vienen detrás de mí se esmeran en estremecer al mundo con sus estridencias.
Fue difícil, pero posible; giré a mi derecha y me orillé al pie de la vereda de una sala de velación, esquivando decenas de estudiantes universitarios, que con lástima me permiten el paso asumiendo, quizá, que soy un triste doliente del muerto de turno en El Girón. No sé donde queda la Corte, las comisarías, no sabía ni donde estaba yo mismo; así es qué determiné que la única opción sería tomar un taxi si quiero llegar ese día a mi destino. El acento argentinado me precede; tal vez, por ello el chofer del taxi presume que soy extranjero y turista, y me hace dar vueltas y vueltas en torno a un mismo sector. A mí, realmente no me importa su argucia, para que el taxímetro no dejé de marcarle a su favor; más bien agradezco su “viveza criolla” y al espantoso tráfico que nos obliga a avanzar, mejor dicho dar vueltas, a diez kilómetros por hora. Así tengo más tiempo para recordar alguna pista, perdida en mi memoria, respecto al paradero de ellas. Afuera la mañana se moja y tirita, la gente camina mirando el suelo, saltando charcos, abstraídos en los pozos y grietas de sus propios recuerdos. Nadie repara en mí. Yo apenas los determino. Cómo saber, los unos de los otros, de las tragedias o las comedias que nos mantienen zombiando por las calles valientes, éstas que sin empacho nos muestran sus lágrimas corriendo por los rostros, el pavimento, las paredes, por la mañana o en las noches, desnudas de poses y mentiras.
Finalmente, después de una hora de recorrido y 400 sucres por pagar, el taxi se estaciona frente al vetusto, aunque imponente, edificio de la Corte Suprema de Justicia. Me apeé con languidez, del automóvil; en mi avanzar estorbo, por mi excesiva lentitud, a los otros en sus respectivas y rápidas diligencias. Pienso, una y varias veces, sobre la forma en que deberé exponer mi demanda; capitulo, sobre todo, en cual será la dependencia que le corresponderá a mi caso específico. No tengo la más mínima idea de nada de esto, mi padre era abogado; pero murió hace muchos años ya. Yo soy chef y de eso sabía tanto como de física quántica. Me acerqué a un policía, que aparentaba estar tremendamente aburrido de no hacer más nada que observar qué está en un sitio donde es subutilizado, al lado de las fotocopiadoras, en su tedio se distrae tapando y destapando una fosforera de manera compulsiva, al son de las mordidas que le da a un palillo de dientes amarillo e hinchado por la humedad. A mi cuestionamiento me respondió, sonriendo e incrédulo; reacciona ante mi desamparo y angustia visibles con cierto dejo de pena y vergüenza. Con vergüenza ajena, quizá propia, me dice que soy el primer padre que conoce que quiera denunciar eso, claro, prosiguió, debía ser porque él apenas llevaba dos años de incorporarse a las fuerzas del orden. Y que allá en su tierra, continuó con la excusa que no me interesaba un comino, son los hombres los que desaparecen dejando los hijos, y a sus mujeres, atrás. Ah, pero que él jamás haría algo así. Por Diosito santo, que no. Me hizo sentar en el banquito de la mujer de las fotocopias, cuya mulata cuarterona estaba a varios metros de su negocio, quizá en uno más rentable, metiendo carpetas, a la par de sus grandes senos, por una ventanilla que parecía una boca golosa y hambrienta a punto de amamantar. Ella también hacía las veces de tramitadora cuando no fotocopiaba en blanco y negro las cédulas, papeletas de votación o folios enteros de los juicios.
El Cabo Mendoza, así se leía en la placa de su camisa, regresó sólo unos minutos después con la información. Me advirtió qué no le creería pero que el sitio al que tenía que ir era, nada más y nada menos, que la comisaría de la mujer. Que allí también se ventilaban los casos de hombres maltratados o abandonados.


