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La casa de las moscas

La casa de las moscas

Uno de los primeros recuerdos que tengo es el de mi bisabuela hablándoles a las moscas en invierno -estación lluviosa en Ecuador- en una lengua que yo no entendía pero que me gustaba por su ritmo, por los decibeles que imponía en las frases a la vez que las espantaba sin matarlas. Aunque fueron pocos los inviernos, vacaciones escolares, que viví esta experiencia, fue lo que instauró en mí la necesidad de armonía en la expresión.

Se podría decir que todo lo que comencé a escribir, como narradora, fue una forma de interpretación de lo que pasaba en la casa de las moscas, ya que ella murió antes que yo fuese capaz de preguntar sobre significados y significantes. Hasta que un día, una de sus hijas, me contó que su madre tenía una locución ininteligible y especial para expresar frustraciones y dolores, paralingüismo que no requería de receptor pero que le funcionaba a ella, como emisora, para decir todo lo que no podía o quería decirle a los otros.

Esta misma hija desapareció por voluntad propia siete días de su casa, después de una discusión con su marido, se fue con lo puesto y volvió tal y como se había marchado con el edicto de que si volvía a sentirse abusada desaparecería para siempre. Recalcó que había intentando hablar con las moscas para desahogarse, que sólo una le respondió y le dijo que la forma de comunicación es tan única como los individuos, pero que el lenguaje de la evasión y de las emociones es igual en su diferencia y se transmite de madres a hijos, es decir, a través de las mujeres.

Luego aprendí de mi abuela que el ruido extremo te ayudaba a no escuchar la rebelión de las necesidades propias. Después vino mi madre con su silencio de todo tipo; y, ahora mis hijos en un lenguaje clarísimo me cuestionan sobre todo lo que hice o deje de hacer. Así, por eso, busco moscas donde voy; trato de replicar la lengua del origen de mi principio, de la primera mujer de mi familia que recuerdo.

Llegué a Estados Unidos hace diez años, exactamente, y aunque me integré a la comunidad hispana, entre muy pocos observé una comunicación que se valiera de los mismos códigos -por lo que el proceso de comunicación no era total- aun perteneciendo al mismo país de origen. Me cuestioné mucho sobre ello, analicé hechos que iban desde los matrimonios mixtos (anglo-hispanos), la discriminación por el color de la piel (más allá del idioma), la necesidad de mimetizarse para ser aceptados, hasta la ignorancia acerca de las raíces de nuestros pueblos.

Allí fue cuando encontré las moscas, cuando recordé la casa de mi bisabuela a orillas de la costa con pescados colgados en alambres y secándose al sol. Me sentí orgullosa del sitio donde nací, del país donde nacieron hombres y mujeres grandísimos que pocos recuerdan, que la mayoría desconoce.

Surge Casa Cultural de las Américas a partir de esto, de la necesidad de un código general como hispano-hablantes que considero sólo puede otorgárnoslo el orgullo por nuestras raíces. Amado Nervo, Federico García Lorca, Juan Montalvo, Jorge Luis Borges, Blanca Varela, Rubén Darío entre otros faros iluminan el camino de otros grandes, tales como Elena Poniatowska, Antonio Preciado, Coral Bracho, Omar Lara, Mario Vargas Llosa, Hugo Mujica, etc.

Otras entidades supieron antes, a la par o después, la necesidad de regar el jardín de nuestros ancestros; por lo tanto, hoy por hoy, el español se erige como una fuerza necesaria en todos los ámbitos, además de la expresión en la producción. Las madres han sido parte de esta realidad. Lejana está la época en que las mujeres evitaban que sus hijos hablaran español para que no fuesen discriminados -la segregación sigue existiendo por muchos otros motivos lamentablemente-, entendieron que el manejo de otra lengua no sólo abre nuevas oportunidades laborales, también de sensibilidad y respeto hacia lo que nunca dejamos de amar, aunque este lejano o ya no exista, porque así es el verdadero amor: nuestra tierra, nuestra lengua, nuestras moscas.

Elizabeth Quila


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